Salerno II

En el tiempo que estuve en Italia hay que decir que no todo fue playa. Hubo un pequeñito lugar para la cultura. En el camino de Agropoli a Salerno pudimos parar en Paestum, una antigua ciudad griega. Además ya contaba con que no iba a visitar Pompeya. Con lo que pegaba el sol y el calor que hacía, era una locura visitar las ruinas. Aunque no sea tan espectacular, en Paestum se encuentran algunos de los templos mejores conservados de la civilización griega. Yo que no he estado en Grecia flipé con las ruinas, aunque por el momento nada de lo que he visto ha podido superar a Machu Picchu.

El camino a Salerno estaba lleno de Casificios. Algo así como fábricas de quesos. Allí tienen las búfalas, de cuya leche hacen la famosa mozzarella de buffala. Pero no solamente quesos, también helados y yogur. Yo pude probar el yogur y quedé impresionado con la densidad del yogur y su sabor. Tomabas un par de cucharadas y te quedas llenísimo. Yo que soy un fan del yogur me pegué una buena hartada.

Yo había oído acerca de las búfalas, pero nunca había prestado atención a este tipo de vacas que provienen del sudeste asiático. Las búfalas estan también en África y fueron introducidas en Europa por el Imperio Otomano. Hasta que no me acerqué a ellas no vi lo diferentes que son de las otras vacas “europeas”.

Fue además de un viaje playa, un viaje culinario. Mientras vivía en España no tenía mucho conocimiento de la comida italiana y ahora que puedo comparar, veo que no tenemos tanto acceso a ellos como aquí. Y es que cuando uno llega a Alemania se da cuenta de la gran presencia que la gastronomía italiana tiene. En los supermercados corrientes se pueden conseguir bastantes “productos italianos” como quesos, embutidos, pasta, dulces, etc. Muchos serán quizás productos alemanes pero el hecho de que quieran imitar un producto italiano ya cuenta. Y siempre se podrá encontrar alguna marca italiana en los supermercados mejor surtidos. Eso si, los productos frescos no tienen nada que ver con los que se encuentran en Italia.

Con esto quería decir que hasta que no he vivido en Alemania la comida italiana era una gran desconocida para mí. No es que la haya conocido porque se vendan producots italianos, si no por las amistades italianas claro está. Pero la facilidad de conseguir algunos productos  hace que uno tienda a preparar más recetas italianas. Y este viaje me abrió las papilas gustativas y pude comprobar que los sabores son mucho más ricos e intensos que en su versión alemana. La lista de lo que comí es casi innumerable: pez espada, pasta con marisco, pasta con sepia, parmigiana, ragú al estilo de la Campania, frituras de calamares frescos, pizza napolitana auténtica, etc.

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Otro de los puntos fuertes de este viaje fue una visita a Nápoles durante un par de días. Había oído muchas cosas de Nápoles, y había oído acerca del tráfico. Incluso se llega a decir que es peligrosa, aunque a mí no me lo pareció tanto. Sí que pasé miedo, pero fue dentro del coche. Y es que los napolitanos tienen un código de conducción diferente al resto del país, un código que sólo entienden ellos. Y si no lo conoces y quieres conducir como la norma indica, estás condenado a sufrir un accidente.

La ciudad esta en algunos aspectos un poco descuidada como en la limpieza de algunas calles. Por el otro lado la ciudad rebosa de vitalidad, energía y juventud. Tiene la verdad muchos parecidos con Buenos Aires. No hice muchas fotos, pues turismo hicimos poco. El objetivo era más ir de compras, encontrarnos con amigos, tomar cafés solos a toda prisa y de pie y disfrutar del aperitivo italiano en una terraza al calorcillo de la tarde. Me llamarán alcohólico, pero aperitivo con Negroni, mucho mejor.


Salerno I

Desde que dí el viaje por terminado en cuanto a la bitácora se refiere he tenido el blog en pausa. El verano pasó rápido con los amigos, la familia y todas mis energías centradas en mi nueva etapa en Berlín. El verano en Berlín pasó rápido entre reencuentros, barbacoas, baños en el lago y búsqueda de un curso de alemán. Todavía no he enncontrado ningún trabajo y sigo buscando, pero no estoy ocioso. Desde septiembre voy a clase de alemán todos los días y tengo que decir que he mejorado bastante creo yo.

Han pasado tres meses y he sentido de nuevo la inspiración para volver a sentarme a escribir. Y puesto que es un blog de viajes está entrada habla de mi visita a Italia, en julio de este año. Y es que tuve la suerte, a las pocas semanas de volver de Sudamérica de conocer la tierra de Nicola: Salerno.

Doce días en Salerno dieron no sólo para conocer la capital de esta provincia de La Campania si no también para acercarme a otros lugares. Debo decir que saqué pocas fotos, y es que todavía se notaba el cansancio arrastrado de los dos últimos meses en Sudamérica, cuando ya las fotos me daban un tanto igual. Pero aún saqué algunas que pueden ilustrar lo que he visto.

Mi lugar preferido de todos los que ví es este:

Una playita del pueblo de Cetara que se llama Lo Sgarrupo, muy cerquita de Salerno y que se situa en la costa Amalfitana. El pueblo  es muy pequeño pero es una delicia para los ojos pasear por él y por sus calles tan típicas. Cetara como tantos otros pueblos de esta costa están como encajados en las montañas que caen directamente al mar. Esto supone que apenas hay espacio para playa y donde uno puede bañarse es en pequeñas calitas donde el agua es bien cristalina y está bien calentita en los meses del verano. En concreto para esta playa había que bajar por un camino no apto para todas las edades.

Una playa fantabulosa, y bastante tranquila pues al no ser tan fácil bajar hasta ella hace que no vaya tanta gente. Igual en junio o a principios de julio es mejor que en otros momentos del verano, pues pueden llegar demasiados barcos e incluso estos pueden ensuciar el agua. Esta era super clara y limpia, una gozada. Y lo mejor es ir desplazarse en moto, pues las carreteras son estrechas y llenas de curvas, y los coches muchos. Un motorino hace la vida mucho más fácil y siempre es agradable mirar hacia el mar desde el asiento de atrás con toda la brisa en la cara, y si el tiempo da para ello, pararse en medio de la carretera a tomar un granizado casero.

También descubrí un poco más de la costa Amalfitana en barco, para poder llegar hasta el turístico pueblo de Positano. A mí Positano no me gustó. Es un pueblo muy bonito de postal eso sí, pero nada más que eso. Además de caro y muy pijo, me pareció todo muy forzado y falso. Tampoco he visto mucho más pueblos, pero creo que Cetara y Vietri, sin ser tan espectaculares le dan mi vueltas a mi parecer. No serán tan bonitos y son igualmente turísticos, pero el aire que se respira en sus calles es distinto y te entran ganas de quedarte. El agua está más limpia pues no hay tantos barcos como en Positano y se está más a gusto en la playa. En todo el caso, el viaje en barco desde Salerno a Positano es bien bonito, y las vistas de los pueblos desde el mar, bien merece la pena.

Detras de estos pueblos tiene que haber unas excursiones en la montaña increibles, pero no se puede hacer todo. Quizás la próxima vez que vaya se puede hacer alguna excursioncita por la montaña.

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Pero la provincia de Salerno tiene mucho más. Yo en concreto pude ver también un poco la costa de Cilento y el maravilloso pueblo de Agropoli. En Agropoli parece que la vida discurra muy tranquila y la gente resulta ser encantadora. Tiene una atmósfera particular, en la que parece que el tiempo no pasa. Se podría estar en los años 2010 o en los 70.

En Agropoli el mar también es claro y transparente. Es una delicia poder bañarse en sus playas. De hecho, lo he visto más parecido a Croacia y a la isla de Hvar. Un lugar donde quedarse y olvidarse del largo invierno alemán.


Adiós a mis compañeras de viaje

Las compré allá por el invierno del 2009, en mis primeros meses en Berlín. No es que sean zapatillas para el invierno pero bien que las lleve por la nieve y salia con ellas en condiciones verdaderamente frías. Se habían convertido en un elemento indispensable de mi armario y no había semana que no las llevara.

Antes de salir para Sudamérica estaban ya un poco viejunas y algo rotas, y me las lleve a Argentina pensando que morirían allí y que en cualquier momento del viaje tendría que comprarme un par nuevo de zapatillas para sustituirlas. Pero no fue así, las muy campeonas han aguantado todo el trote de estos meses. Era o llevar las adidas o las botas de montaña, por lo que durante ocho meses y medio no he llevado practicamente otra cosa más que ellas.

Y así han quedado y es el momento de despedirse de ellas, de las einlander. Muchas gracias por vuestro servicio, podéis descansar que me compro otro par nuevo de zapatillas.


La vuelta a casa

Ya ha pasado un mes desde que he vuelto y puedo ver con un poco más de perspectiva cómo ha sido mi vuelta a casa. Llegué un fin de semana muy cansado y el trasnochar no me ayudó nada. La primera semana fui un zombie pues no dormía bien y estaba siempre cansado. Así, tras un par de días de fiesta me dediqué a vegetar en casa, disfrutar con la comida y pasar horas delante del ordenador.

Poco a poco me fui acostumbrando a estar de nuevo en Huesca y el fantasma de qué será de mí en los próximos meses apareció con un poco más de fuerza en mi cabeza. Así sin tener ninguna razón para estresarme me he estresado un poco, pero creo que esto ocurre cuando uno no tiene nada que hacer. Es como una reacción del cerebro ante la inactividad y para aliviar la sensación uno busca pequeños quehaceres, nimiedades que a vista de una persona que no tiene mucho que hacer se hacen grandes.

Pero vuelvo a Berlín con mucha energía y muchas ganas de hacer cosas. Aunque no encuentre un trabajo enseguida voy a estar ocupándome con autoformción, estudiando alemán y buscando mi lugar en pequeños proyectos. Todavía queda agosto, un mes en el que si las nubes dan tregua se puede vivir la capital alemana con mucha vitalidad, y luego llegaré a septiembre con las pilas bien cargadas.

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Antes de partir tenía muchas expectetativas en cuanto al cambio personal que iba a suponer para mí este viaje. Decidí hacerlo en un momento en el que estaba un poco estancado, no sabía para dónde tirar y no podía verme en lo que me gustaría hacer en los próximos años.

En una primera impresión podría decir que no he sufrido grandes cambios, ni en personalidad ni en mis objetivos profesionales. Estos siguen siendo confusos y todavía no tengo claro que quiero ser de mayor. El marketing online es una salida, que aunque es cierto que no me apasiona, es interesante y siempre me va a proporcionar una experiencia y conocimientos que puedo aprovechar en cualquier proyecto que quiera emprender más adelante.

Sin embargo sí que siento que estos meses de andanzas por Sudamérica me han dado más coraje. Más coraje para tirar adelante con cualquier sueño que tenga y para probar aquellas ideas que se me pasen por la cabeza. Confianza en mi mismo para hacer cosas que antes no me sentiría capaz o que achacaba a falta de experiencia y me ha servido para ver que si uno se propone las cosas puede hacerlas. Me he reafirmado en que las experiencias tienen un valor más alto y las materiales menos, y que aunque hay objetos materiales muy bonitos, se puede vivir con poco.

Aparentemente nada ha cambiado mucho. Vuelvo ya a Berlín, a la misma casa. En la ciudad estarán los mismos amigos y me toca buscar un trabajo nuevo (¿alguien sabe de alguno?). Pero yo soy una persona algo distinta, que todavía no sabe lo que quiere hacer, pero cuando lo sepa contará con más entereza para ponerse con ello.

En mis primeras semanas quedé asombrado por las vastas pampas argentinas, hasta que uno no las ve, no se las cree.


Ocho meses y medio por Sudamérica

Buenos Aires (Argentina)

Torres del Paine (Chile)

Tierra del Fuego (Argentina)

Glaciar Perito Moreno (Argentina)

El Chaltén (Argentina)

Lago Puelo (Argentina)

El Bolsón (Argentina)

San Carlos de Bariloche (Argentina)

Chiloé (Chile)

Lago Llanquihue (Chile)

Liquiñe (Chile)

Huerquehue (Chile)

Santiago de Chile (Chile)

Valparaíso (Chile)

Uspallata (Argentina)

Barreal (Argenina)

El valle de la luna (Argentina)

Cafayate (Argentina)

Humahuaca (Argentina)

Salar de Uyuni (Bolivia)

Parque Nacional Reserva Núñez Avaroa (Bolivia)

Sucre (Bolivia)

La Paz (Bolivia)

Las pampas de Rurrenabaque (Bolivia)

Isla del Sol (Bolivia)

Arequipa (Perú)

Cañón del Colca (Perú)

Machu Picchu (Perú)

Lima (Perú)

Máncora (Perú)

Ayampe (Ecuador)

Quito (Ecuador)

Medellín (Colombia)

Playa Blanca (Colombia)

Ciudad perdida de Teyuna (Colombia)

Parque Nacional Tayrona (Colombia)

Bogotá (Colombia)

 

 


Pingüino IL


Adiós Bogotá, adiós Sudamérica

 

El 13 de junio del 2012 Nicola y yo tomamos el avión de Bogotá a Madrid. Un recorrido por gran parte de Sudamérica que había empezado en Buenos Aires llegaba a su fin. Han sido cuatro meses para Nicola y ocho meses y medio para mí totalmente inolvidables. Y aunque aquí he escrito un poco lo que hemos vivido, ha sido imposible poner el palabras el alcance emocional que ha tenido esta experiencia para nosotros. Todo lo que hemos visto, olido, probado, sentido y experimenado sigue estando en nuestro recuerdo y será la razón por la que un día volveremos a este continente que a mi me ha fasciando y tiene tanto que enseñarnos. Muchas gracias de corazón a todos los que nos habéis ayudado y habéis hecho que nuestro viaje haya sido una experiencia inolvidable.

Y para terminar la crónica del viaje, una canción del grupo Calle 13 con un emotivo texto y un video espectacular.

 


Última parada: Bogotá

Volvimos a Santa Marta, disfrutamos de una espléndida langosta al horno con bechamel y nos estábamos subiendo a un bus directo a Bogotá, casi veinte horas de viaje.

Y tras ver como algunos colombianos desayunaban sopa con carne llegamos a esta gran metrópoli que nos ha sorprendido tan gratamente. Ha sido como ese rico caramelo tras una buena comida. Y sin duda han contribuido a ello Sara y su madre que nos han recibido en su casa magníficamente y nos han mostrado su ciudad y su gastronomía. Bogotá, como casi todas las ciudades colombianas se caracteriza por tener una estación del año permanentemente. Medellín es la ciudad de la eterna primavera, en Cali y en el Caribe es siempre verano y en Bogotá es siempre otoño. No hace calor ni hace mucho frío. Siempre hay que ir con una chaquetilla pero ya sabes que no vas a sudar y tampoco que te vas acabar helando al no ser que salgas a las cinco de la mañana.

El tiempo fue breve pero dio para conocer el centro de la ciudad y los barrios más bohemios de La Candelaria y La Magdalena, donde se pueden encontrar cafés y bares modernillos. Se ve que el centro está lleno de estudiantes y por lo tanto también hay lugares en los que comer barato, librerías y mucho ambiente por la calle.

También nos animamos a subir a pie la montaña de Montserrate. Tras una durísima subida de una hora llegamos al mirador desde donde se puede observar toda la ciudad pues esta está rodeada de montañas tanto al oeste como al sur.

Desde allí arriba se podía observar lo grande que es la ciudad y como se extienden los barrios más allá de lo que alcanza la vista.

Los paseos nos dieron la oportunidad de probar las hormigas culeras. Unas hormigas con el culo muy gordo, típicas de Santander que se comen fritas. A mí no me gustaron pero a Nicola le encantaron y al final se comió el todo el paquete.

O para encontrarnos con una grabación de una posible película de época.

Al final nos dio penita no haber podido estar más tiempo en Bogotá, haber probado algo más de su extensa gastronomía como de los tamales o el ajiaco o haber salido un fin de semana de rumba. Sí que pudimos ver un poco la noche, ya que fuimos a una fiesta funky latina donde pudimos comprobar lo bien que bailan los colombianos y que es totalmente cierto que tienen la salsa en la sangre, o nacen con ella o si no yo no me explico como bailaban todos tan bien. Nicola y yo nos animamos un poco al principio a probar pero al final estábamos ya sentados en el sofa mirando atónitos a todo el mundo cada vez que pinchaban algo de salsa.

En todo caso Bogotá nos ha dado la misma impresión que el resto de Colombia, un lugar de gente maravillosa al que nos gustaría volver para poder disfrutar de todas las cosas que esta ciudad y país tienen que ofrecer y que todavía no hemos conocido.


El Parque Tayrona, casi el paraíso

Cuando volví de la Ciudad Perdida a Santa Marta Nicola ya había vuelto de Cartagena. La ciudad de Santa Marta no tiene mucho atractivo a nuestros ojos y las playas son sucias y poco agradables para bañarse. Está el pueblecito pesquero de Taganga a muy poca distancia, un foco de viajeros y mochileros, como Montañita en Ecuador. Sin embargo Taganca ha cambiado mucho en los últimos años y ya no es el lugar atractivo que era. La playa y el agua están sucias, no solamente en Taganga si no también en Playa Grande y nos habían dicho en más de una ocasión que se estaba volviendo algo peligroso, aunque no hemos conocido a nadie que le haya ocurrido algo. Yo no estuve en Playa Grande ni en Taganga como era mi intención pero al volver de la excursión Nicola ya se había acercado y volvió bastante decepcionado. En general he tenido la percepción de Colombia que hay un servicio turístico de calidad pero que la administración no trabaja en consonancia y permiten que maravillosos lugares que podrían tener bien acondicionados son dejados al abandono y a la decadencia. Una penita muy grande.

Ya sólo nos quedaba por visitar uno de los mayores atractivos de la costa caribeña colombiana y lo que ha sido uno de los mejores lugares por los que hemos pasado: El Parque Nacional Tayrona. Un parque que se encuentra en frente a la Sierra de Santa Marta y que alberga algunas de las mejores playas del país. Es posible quedarse a dormir allí en alguno de los campings, bien en tienda de campaña o bien en hamaca y no es exageración decir que el paisaje allí es de infarto.

Por el camino es bastante fácil ver animales como monos o micos como dicen los colombianos, serpientes, un animal extraño que nosotros definíamos como capivara aunque no lo son pues están sólo en la amazonia y muchos pájaros. Se pueden ver aves como tucanes aunque nosotros no vimos ninguno. El parque está lleno de cocoteros y los campings tienen árboles de mango y aguacate, que nosotros nos servíamos gratuitamente para desayunar.

Pudimos quedarnos en este maravilloso lugar por cinco días. El tiempo apremiaba y ya quedaba poco más de una semana para coger el avión de regreso y todavía teníamos que ver Bogotá. Pasamos una noche en el camping de Arrecifes, con muy buena atmósfera y un poco lejos de la playa. Es más barato que el otro camping en Cabo San Juan del Guía, pero este disfruta de la mejor localización. Y allí las playas son increibles y uno siente que merece la pena pagar más por estar allí. Cuando llegamos allí la segunda noche decidimos no volver a Arrecife y quedarnos allí el resto del tiempo. Lo único malo es que sólo hay un restaurante donde el servicio no es muy bueno ni la calidad de la comida corresponde con los precios. Pero el lugar todo lo compensa, y aunque dieran sólo patatas cocidas.

Yo lo definí como el paraíso, el mejor lugar donde podíamos culminar un viaje tan largo e intenso, pero Nicola dijo que para que fuera el paraíso la comida tendría que ser gratis.


Lo Struzzo di Cartagena

Puesto que yo me fui a la Ciudad Perdida sólo y Nicola se quedó en Cartagena unos días, he invitado a Nicola a escribir un post en italiano también en honor a todos los seguidores italianos del blog. ¿Qué hizo mientras yo me dejaba las piernas en la montaña? El lo cuenta.

E mentre l’avventuriero Jesús si destreggiava tra tribù Arsarios, Kancuamos e Koguis, l’ impavido Nicola rimaneva a Cartagena a combattere contro un nemico molto, ma molto, ma molto più grande:

I 40° CHE PER VENTIQUATTRO ORE AL GIORNO PIEGANO LA CITTA’.

Ammetto che magari una affermazione del genere potrà sembrare esagerata, ma in questo caso vi assicuro che non lo è. Le strade di Cartagena sono torride e afose, i suoi abitanti resi senza energia passano gran parte del giorno a ripararsi dal sole assassino con conseguente stile di vita lento e senza fretta (cosa che per me, abituato al modus operandi napoletano, non è stata così difficile da accettare).Tuttavia il fascino particolare e decadente della città è strettamente legato proprio al fattore climatico: le antiche case di Getsemaní  si sviluppano tutte attorno a un grande patio centrale, dotato di tavolo, sedie e persino televisione all’aperto (tanto non piove mai) e la rilassatezza dei cartagenesi stremati dal calore diventa così una filosofia di vita per affrontare non solo la quotidianità ma anche la loro stessa esistenza.

Dopo questo presupposto socioambientale, capirete perchè nei cinque giorni che sono rimasto al Mama Waldy Hostel le mie attività turistiche si siano ridotte veramente all’osso: un paio di brevi passeggiate nel centro storico e un tentativo (rapidamente abbandonato) di visitare l’antica fortezza della città sono le attività più dinamiche che mi vengono in mente.Al contrario, mi sono goduto l’ambiente familiare dell’ostello e la piacevole compagnia dei miei momentanei coinquilini e del proprietario Germán; giacchè condividiamo la passione per l’illustrazione, dopo aver visto il mio quaderno di schizzi quest’ultimo mi ha proposto di fare un disegno su una delle pareti dell’ostello: dopo due giorni armato di pennelli e ventilatore, finalmente “è nat’ a criatur” che spero rimarrà per qualche tempo a ricordo del nostro passaggio per quella gran bella città che è per me Cartagena (e che chissà, che magari rivedrò dal vivo entro qualche annetto!)

Approfitto del mio piccolo spazio di Special Guest Writer per ringraziare tutti i lettori italiani del blog, che nonostante la barriera della lingua hanno seguito per tutti questi mesi i racconti di questo viaggio, che confermo essere stato una esperienza unica e speciale che per certi versi mi ha aperto la mente e mi ha cambiato molto.Suggerisco a tutti voi, se tra un impegno e l’altro ne avrete modo, di partire all’avventura almeno una volta nella vita per poter intendere in prima persona il vero senso della parola viaggiare, giacchè la maggior parte delle sensazioni che ho provato sono impossibili da descrivere a parole.Ciò che invece posso dire con sicurezza è che non smetterò mai ringraziare Jesús per aver fatto nascere in me il desiderio di seguirlo e per aver accettato di condidere una esperienza tanto personale con me, perchè non avrei potuto avere persona migliore con cui vivere uno dei ricordi più belli della mia vita.
Mancanza di cucina italiana a parte, ovviamente.
Nicola