Tras resolver el problema de cómo llegar a Barreal en el valle de Calingasta, me dirigí al camping municipal del pueblo. Me querían cobrar una burrada por lo que me largué de allí y me fui al hostel, que me cobraba lo mismo que el camping y encima iba a estar mucho más cómodo. No fue ninguna mala idea pues lo pasé genial los tres días que estuve allí y me relacioné con mucha gente.

Entre otros conocí a Jorge, que aunque se estaba encargando del hostel solamente por un par de días, ya que su amigo el dueño se había tenido que ausentar. Jorge había vivido en España y según sus palabras quería recibirme bien por lo bien que le habían tratado a él los españoles. Me llevó de paseo con su coche por el pueblo, me enseñó la casa en la que había vivido y donde solía sentarse a ver los atardeceres.

Me llevó también a la pampa de El leoncito, una superficie totalmente plana que debió ser el fondo de un lago o de un mar.

Allí se practica el carrovelismo, algo que sólo se puede hacer allí y en Australia. Aunque parece muy excitante desde afuera luego realmente no iba tan rápido, pero podría haber sido porque ese día no hacía suficiente viento.

Por mi cuenta visité también el cerro Alkazar, una montaña que parece un castillo y toma su nombre del palacio de origen árabe de Sevilla. Tuve la buena idea de hacerlo al mediodía, por lo que casi muero en el intento del calor que hacía.

Y también visité los escalones, desde donde se tenía una bonita vista del valle.

Gracias a Jorge y los demás que pararon por el hostel disfruté de un suculento asado y de unas empanadas muy ricas. Y el sábado salí de “joda” con Jorge, que era la fiesta de los enamorados. Una fiesta que el pueblo se ha sacado de la manga porque tienen un paseo que en un tiempo estuvo todo cubierto de sauces y que se llama El paseo de los enamorados.

Los ajos confitados de Barreal, son también una verdadera delicia.