El altiplano boliviano I: El Salar de Uyuni

Después de Humahuaca necesitamos de todo un día para llegar a La Quiaca, población argentina que hace frontera con Bolivia y desde allí llegar en bus a Uyuni.

Cuando uno cruza a Bolivia se da cuenta de que está en otro mundo. En Jujuy ya se veían señoras con trajes típicos y cenamos a base de quinoa y carne de llama pero en Bolivia casi todas las mujeres llevan trenzas, sombreros y vestidos típicos. También se ve más pobreza y todo un poco más descuidado. Los alojamientos son más baratos y si uno no cae en los lugares turísticos puede comer muy barato.

Nuestro primer día en Uyuni se invirtió en adaptarnos al nuevo país y a recorrer las agencias que ofrecen la excursiones por el salar y por el altiplano boliviano. La ciudad está ya a mucha altura, como a unos 3.800 m. y nos enconrtrabamos un poco raros. A ratos con jaquecas, a ratos como zombies. Así que compramos hojas de coca para mascar a ver si se así se nos pasaba el efecto. Y sí, un poco funcionó. Uyuni es una ciudad extraña, que habría muerto mucho antes cuando se vino abajo la industria de la minería y que ha sobrevivido gracias al turismo, pues es la puerta al salar y al sudoeste boliviano.

Más o menos todas las agencias ofrecían lo mismo y optamos por el tour de tres días que incluía el salar de Uyuni y las lagunas altiplanas.

El salar de Uyuni

Al día siguiente salíamos con cierto retraso en el jeep en el que íbamos a pasar los tres días siguientes junto con otras cuatro personas (Íñigo, Beñat, Eugeni y “Yoko” de Hong Kong) y Jesús, nuestro chófer, guía y cocinero. Salimos en dirección al salar que está cerquita de la ciudad.

En la época de lluvias el salar se inunda de agua, por lo que los jeeps no pueden adentrarse hasta el interior como en la época seca. Sólo pueden entrar un par de kilómetros donde apenas cubre y se puede caminar. Al estar cubierto de agua se produje un efecto espejo, de manera que el cielo se refleja en el suelo creando estos efectos.

El destino es un hotel de sal que no debería estar allí pues contamina muchísimo el salar.

Al no poder entrar más, la visita dura poco y en lugar de dar una vuelta y visitar islas que quedan en el salar como ocurre en la época seca, nos teníamos que dar la vuelta en dirección a dónde íbamos a dormir.

Parando antes en el cementerio de trenes de Uyuni.

Tras cuatro horas llegamos a Alota, una aldea donde dormimos y disfrutamos por poco tiempo de un curioso atardecer tras la tormenta. Un pequeño regalo del altiplano antes de dormir.


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