Pingüino mochilero

Relatos de viajes

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Última parada: Bogotá

Volvimos a Santa Marta, disfrutamos de una espléndida langosta al horno con bechamel y nos estábamos subiendo a un bus directo a Bogotá, casi veinte horas de viaje.

Y tras ver como algunos colombianos desayunaban sopa con carne llegamos a esta gran metrópoli que nos ha sorprendido tan gratamente. Ha sido como ese rico caramelo tras una buena comida. Y sin duda han contribuido a ello Sara y su madre que nos han recibido en su casa magníficamente y nos han mostrado su ciudad y su gastronomía. Bogotá, como casi todas las ciudades colombianas se caracteriza por tener una estación del año permanentemente. Medellín es la ciudad de la eterna primavera, en Cali y en el Caribe es siempre verano y en Bogotá es siempre otoño. No hace calor ni hace mucho frío. Siempre hay que ir con una chaquetilla pero ya sabes que no vas a sudar y tampoco que te vas acabar helando al no ser que salgas a las cinco de la mañana.

El tiempo fue breve pero dio para conocer el centro de la ciudad y los barrios más bohemios de La Candelaria y La Magdalena, donde se pueden encontrar cafés y bares modernillos. Se ve que el centro está lleno de estudiantes y por lo tanto también hay lugares en los que comer barato, librerías y mucho ambiente por la calle.

También nos animamos a subir a pie la montaña de Montserrate. Tras una durísima subida de una hora llegamos al mirador desde donde se puede observar toda la ciudad pues esta está rodeada de montañas tanto al oeste como al sur.

Desde allí arriba se podía observar lo grande que es la ciudad y como se extienden los barrios más allá de lo que alcanza la vista.

Los paseos nos dieron la oportunidad de probar las hormigas culeras. Unas hormigas con el culo muy gordo, típicas de Santander que se comen fritas. A mí no me gustaron pero a Nicola le encantaron y al final se comió el todo el paquete.

O para encontrarnos con una grabación de una posible película de época.

Al final nos dio penita no haber podido estar más tiempo en Bogotá, haber probado algo más de su extensa gastronomía como de los tamales o el ajiaco o haber salido un fin de semana de rumba. Sí que pudimos ver un poco la noche, ya que fuimos a una fiesta funky latina donde pudimos comprobar lo bien que bailan los colombianos y que es totalmente cierto que tienen la salsa en la sangre, o nacen con ella o si no yo no me explico como bailaban todos tan bien. Nicola y yo nos animamos un poco al principio a probar pero al final estábamos ya sentados en el sofa mirando atónitos a todo el mundo cada vez que pinchaban algo de salsa.

En todo caso Bogotá nos ha dado la misma impresión que el resto de Colombia, un lugar de gente maravillosa al que nos gustaría volver para poder disfrutar de todas las cosas que esta ciudad y país tienen que ofrecer y que todavía no hemos conocido.