Pingüino mochilero

Relatos de viajes

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Category: Argentina (page 1 of 4)

Humahuaca

Desde Salta Nicola y yo nos dirigimos a lo que iba a ser nuestra última parada en Argentina. Cruzamos a la provincia de Jujuy, ya en la frontera con Bolivia y pasamos un par de días en la famosa Quebrada de Humahuaca, patrimonio de la humanidad. El pueblo elegido fue la capital de la comarca, que tiene el mismo nombre que la quebrada.

El paisaje era bastante parecido a lo que habíamos visto en los valles cachalquíes pero el pueblo nos resultó muy pintoresco con sus casas de adobe y sus bonitas plazas. La gente resultó muy simpática y probamos una excelente comida andina en la que probamos la carne de llama. Un poco seca pero a mí me gusto mucho, me resultó muy similar a un solomillo de cerdo.

La Quebrada de Humahuaca da para muchos días, pero nosotros sólo queríamos gastar uno pues nuestro presupuesto nos pedía ya que llégaramos a Bolvia. Nos informamos de qué actividades hacer. El cerro de los siete colores era quizás lo más atractivo pero nos apetecía algo de turismo activo y optamos por alquilar unas bicis y dar un paseo por los alrededores del pueblo.

Los paisajes que encontramos fueron super bonitos pero ya no nos impresionaban tanto por todo lo que habíamos visto los días anteriores. Sufrimos mucho la altura, pues Humahuaca está a más de 3.000 metros de altitud y cuando empezamos a pedalear notamos la falta de oxígeno y tuvimos cierto dolor de cabeza. Nicola estuvo a punto de darse la vuelta pero al final nos acostumbramos y el sufrimiento del comienzo mereció la pena.

 

Ruta por los valles Cachalquíes

El jueves llegué por fin a Salta, donde me iba a encontrar con Nicola. Y al día siguiente llegaba ya al mediodía. Empieza una nueva etapa del viaje. Ahora iré acompañado hasta que me toque volver a España en junio y tanto la manera de viajar como el tipo de experiencias que voy a tener va a ser muy diferente.

Tras pasar un día por la ciudad, a la que llaman Salta la linda. Es una ciudad arquitectónicamente mucho más interesante que las otras ciudades argentinas que he visitado, pero personalmente tampoco es que nos haya parecido tan bonita. Lo que yo tenía ganas de ver eran los alrededores de la ciudad así que nos dedicamos también a tantear la posibilidad de alquilar un coche por unos días para irnos de paseo por los valles cachalquíes, donde se encuentran los pueblos de Cafayate y Cachi.

En el hostel conocimos a Jana y Linoi, de Israel y les preguntamos si querían venir con nosotros. Dijeron que sí y ya nos preparamos para salir el domingo por la mañana. El viaje iba a ser más barato pero también iba a ser mucho más divertido en su compañía.

Solamente había un problema y es que había llovido mucho en la región, igual que en Ischigualasto y en San Juan. Algunas de las carreteras que queríamos hacer eran más bien caminos de tierra que se podrían hacer impracticables y peligrosos para un turismo tan bajo como el que nos alquilaban. Así que salimos un poco ansiosos con lo que nos íbamos a encontrar y si íbamos a tener problemas.

Día 1. De Salta a Cafayate.

Salimos por la mañana un poco cansados, pues nos habíamos ido todos a dormir un poco tarde. Yo estaba muy expectante con el paisaje que íbamos a ver. Primero nos acercamos a ver el dique de Cabra Corral.

Después nos adentramos ya en la Quebrada de las Conchas, donde nos encontramos con estos paisajes.

La garganta del diablo.

El anfiteatro.

Y más paisajes espectaculares antes de llegar a Cafayate, pueblo muy conocido por sus vinos, especialmente el vino blanco torrontés que pudimos probar esa noche en el hostel.

Día 2. De Cafayate a Cachi.

Antes de dirigirnos a Cachi teníamos intención de ver las ruinas de Quilmes pero nos avisaron que no nos iba a dar tiempo, pues debíamos conducir por una carretera de tierra muy mala. Menos mal que seguía sin llover y no encontramos barro.

En Cafayate me encontraba de nuevo con la ruta 40 y en este caso la carretera estaba en muy peores condiciones que la última vez. De hecho no había transporte público que cubriera ese tramo. El trayecto empezaba con la Quebrada de las flechas. El paisaje resultó ser muy diferente y lo iba a ser también del día siguiente.

Unos paisajes que quitaban el hipo y la carretera atraviesa pueblos muy pintorescos y también hay que decirlo, en algunos casos muy pobres. Uno tenía la sensación ya de estar en Bolivia.

Por el camino paramos en San Carlos, donde hemos comido las empanadas más ricas hasta el momento. ¡Ay qué manjar! Y por la tarde ya descansamos en Cachi, dicen el pueblo más bonito de este valle. A nosotros no nos impresionó y dejamos nuestras energías para el día siguiente.


Día 3. De Cachi a Salta.

El camino empezó recogiendo a una señora que nos pidió que la lleváramos a su pueblo, a unos diez kilómetros de Cachi. La señora no se cortó y enseguida nos empezó a contar su vida y cómo creía fervientemente que el Divino Niño, la había curado de un cáncer. La señora fue muy amable y muy simpática y resultó interesante ver como el catolicismo se mezcla con otro tipo de creencias.

Tras dejarla en su casa atravesamos el Parque Nacional de los Cardones. Un parque nacional que no tiene ni senderos ni centro de interpretación o visitantes, sólo una carretera que lo atraviesa.


Luego llegamos a la Cuesta del Obispo, que a nosotros nos tocó en bajada.

Y a la Quebrada del Escope, antes de volver a Salta donde descansar antes de partir a Jujuy.

Ischigualasto y el Valle de la Luna

Jorge volvía a su casa en San Juan el domingo y se ofreció a llevarme con él. El paisaje desde la carretera fue espectacular, pero lo siento, no hay fotos. Son esos paisajes y momentos que sólo quedarán en mi memoria y en los libros. Jorge además me invitó a pasar la noche en su casa, antes de que partiera a San Agustín del Valle Fértil y me llevó a casa de un amigo suyo, que nos ofreció un asado increible en una bonita casa de adobe a las afueras de la ciudad.

Así tras llenar bien la panza de carne y descansar bien en el apartamento de Jorge me dirigí a San Agustín del Valle Fértil. Esta es una localidad en el norte de la provincia de San Juan y que sirve de entrada a muchos viajeros y turistas para visitar los parques nacionales de Ischigualasto y Talampaya. Mi intención era visitar los dos parques, pero por azar del verano pillé días de lluvia en un lugar donde nunca llueve. Días atrás los parques habían cerrado, pues son terrenos tan arenosos que al poco que llueva ya se hacen impracticables para los vehículos (los dos parques se ven con vehículo, no es posible hacer excursionismo en ellos). Por suerte ya se habían secado y salí en una excursion organizada hacia los dos parques pues no tenía otra alternativa.

El primero era el Parque de Ischigualasto, más conocido por el Valle de la luna, una parte del mismo que le ha dado la fama. En el parque, además de disfrutar de formas geológicas partículares y de un paisaje que recuerda a la luna, se hallán cientos de fósiles de dinosaurios, que todavía siguen encontrando e investigando. Allí se ha encontrado el dinosaurio más antigüo.

Lo normal hubiera sido que hiciera una temperatura de unos 40 grados, pero estaba nublado y casi hacía frío. Con sol seguro que hubiera sido todo mucho más espectacular pero aún así había unos paisajes que quitan el hipo.

El lugar es realmente muy especial y tal como decía el guía hay una energía muy particular. Es una pena que la única manera de visitar el parque sea en vehículo y con un guardaparques a la cabeza de la caravana y escuchando sus explicaciones. Es realmente un lugar para estar sólo o con poca gente y disfrutarlo con mucha calma. Yo personalmente con el tour no lo he disfrutado mucho, en parte por esta frustración que he sentido, pero tampoco tenía otra alternativa.

El nombre del Valle de la Luna viene evidentemente del aspecto lunar que tiene el paisaje.

En el Valle de la Luna se encuentra una particularidad geológica, la cancha de bochas. Son granos de arena cementados en forma circular, en algunos casos unidos y que no se ha llegado a entender plenamente cómo han sucedido.

Al mediodía empezó a llover muy fuerte, por lo que se canceló la excursión al parque de Talampaya, y probablemente iba a estar cerrado por un día o dos más con todo lo que había caído. Así que no quedaba otra que volver a casa, lo cual nos costó como unas tres horas por los torrentes de agua que estaban cruzando la carretera de vuelta al pueblo. La furgoneta y decenas de coches tuvimos que esperar por unas dos horas a que el agua remitiera y poder cruzar la carretera. Todo un panorama.

Como no habíamos hecho las dos excursiones, la agencia Vesa nos tenía que devolver parte del dinero. En cuanto a mí no hubo ningún problema y me reintegraron lo que tenían que devolver. Pero con nosotros había un grupo de dos parejas de Buenos Aires, a los que realmente les sacaron mucho dinero y luego no les quisieron devolver el dinero que deberían. Tuvieron una fuerte pelea y aunque se quejaron a la oficina de turismo e hicieron una denuncia, no sirvió de nada. Pero claro en estos pueblos tan pequeños uno nunca sabe cuales son las relaciones entre ellos y sus intereses.

Todo el asunto me dió que pensar, y es que en el pueblo sólo hay dos agencias oficiales que hacen las excursiones. Cuando uno pregunta en la oficina de turismo sólo recomiendan estas dos. Sin embargo, hostales y otras personas organizan en cierta manera las excursiones, de manera un poco clandestina clandestina. Pero estas dos agencias oficiales no emiten facturas y tampoco tienen una lista oficial de precios (con la disputa nos encontramos que a cada uno le cobraron cantidades diferentes) y yo me pregunto, ¿qué de oficial tiene esta agencia y que la diferencia de cualquier otra persona que se ofrece a hacer la excursión? Todo apunta a que hay muchos intereses personales involucrados. Y es que este es un problema de Argentina, que no se emiten facturas en muchos lugares y no hay tarifas oficiales, por lo que ocurre que en muchos lugares según la cara que tengas te ponen un precio u otro.

Y de aquí a mi siguiente etapa: a Salta, donde el viernes me voy a encontrar con Nicola, mi compañero de viaje por los siguientes meses.

Barreal

Tras resolver el problema de cómo llegar a Barreal en el valle de Calingasta, me dirigí al camping municipal del pueblo. Me querían cobrar una burrada por lo que me largué de allí y me fui al hostel, que me cobraba lo mismo que el camping y encima iba a estar mucho más cómodo. No fue ninguna mala idea pues lo pasé genial los tres días que estuve allí y me relacioné con mucha gente.

Entre otros conocí a Jorge, que aunque se estaba encargando del hostel solamente por un par de días, ya que su amigo el dueño se había tenido que ausentar. Jorge había vivido en España y según sus palabras quería recibirme bien por lo bien que le habían tratado a él los españoles. Me llevó de paseo con su coche por el pueblo, me enseñó la casa en la que había vivido y donde solía sentarse a ver los atardeceres.

Me llevó también a la pampa de El leoncito, una superficie totalmente plana que debió ser el fondo de un lago o de un mar.

Allí se practica el carrovelismo, algo que sólo se puede hacer allí y en Australia. Aunque parece muy excitante desde afuera luego realmente no iba tan rápido, pero podría haber sido porque ese día no hacía suficiente viento.

Por mi cuenta visité también el cerro Alkazar, una montaña que parece un castillo y toma su nombre del palacio de origen árabe de Sevilla. Tuve la buena idea de hacerlo al mediodía, por lo que casi muero en el intento del calor que hacía.

Y también visité los escalones, desde donde se tenía una bonita vista del valle.

Gracias a Jorge y los demás que pararon por el hostel disfruté de un suculento asado y de unas empanadas muy ricas. Y el sábado salí de “joda” con Jorge, que era la fiesta de los enamorados. Una fiesta que el pueblo se ha sacado de la manga porque tienen un paseo que en un tiempo estuvo todo cubierto de sauces y que se llama El paseo de los enamorados.

Los ajos confitados de Barreal, son también una verdadera delicia.

El camino del Inca

Mi siguiente parada después de Uspallata era Barreal. Hacía esta ruta en base a lo que me había recomendado Mario en El Bolsón, que cruzara a la provincia de San Juan por estos valles por su gran belleza. Desde luego Uspallata era bien bonito y Barreal no se iba a quedar atrás. Sólo había un inconveniente, la carretera de 100 Km que separa a los dos pueblos está sin asfaltar y no hay ninguna compañía de transporte público que cubra el trayecto. Si quisiera ir con bus tendría que dar una vuelta que probablemente me costaría dos días de viaje y mucho dinero para ir a un pueblo que estaba allí al lado.

Así que no quedaba más opción que intentar el autostop o ir a dedo como aquí dicen. El día empezó bien pues nada más salir a la calle unos chicos me llevaron a unos doce kilómetros del pueblo, en dirección a Barreal. Allí empezaba lo difícil pues esa carretera es muy poco transitada. Al poco de esperar en la cuneta apareció otro autoestopista, al que me acerqué para parar un coche juntos y hacer la espera menos pesada. Leo, de Buenos Aires, tenía más experiencia que yo en el autostop y me estuvo contando cómo había ido viajando las últimas semanas.

Esperamos y esperamos, y no paraba ningún coche. Pasaron cinco horas al borde de la carretera, con lapsos de media hora en los que no pasaba ni siquiera un vehículo. El sol empezaba a pegar muy fuerte y la última hora se nos hizo eterna. Ante esta desidia decidimos llamar al señor Agüero.

Preguntando en el pueblo, me habían dado el contacto del señor Agüero, que cubre el trayecto entre los dos pueblos con su coche privado. Me habían comentado precios, que resultaba muy alto para una persona sola. Llamamos y preguntamos para tantear, entre dos no era tan malo. Desde luego más barato que dar la vuelta de dos dias para llegar a Barreal. Así que tras media hora desde la mágica llamada aparece el señor Agüero con su coche en la carretera, nos subimos y a la hora estábamos ya en Barreal.

El señor Agüero nos contó por el camino que allí empezaba uno de los caminos Incas. Los caminos incas eran una red de caminos que convergían en la capital del imperio, Cuzco y que fueron usados luego por los conquistadores para dirigirse hacia el sur. Estaba adentrándome ya en tierras del imperio, donde el misticismo es todavía más fuerte.

 

Uspallata

Fueron dos semanas las que estuve en Mendoza entre los hostels y la casa de Matías. Me supieron a poco pues realmente me gustó mucho la ciudad. Aunque es una ciudad mucho más grande me recordó bastante a Huesca por el ritmo tranquilo de la gente y por su proximidad a las montañas. Buenos Aires es mi primera en la lista pero después viene Mendoza en segundo lugar.

Me despedí con mucha pena de Hernán, Matías y compañía. Les había tomado mucho cariño a todos y como ya he escrito me hubiera quedado mucho más tiempo, pero éste y el dinero corren y quería ver cosas antes de llegar a Salta donde me encontraré con Nicola finalmente.

Mi proxima parada fue el pueblo de Uspallata, un pueblo entre la cordillera y la precordillera de Mendoza, muy próximo a la frontera con Chile. Allí me instalé en un camping y salí a conocer a los alrededores.

Lo primero que fui a ver fue el cerro de los siete colores (luego descubrí que casi todas las ciudades del noroeste de Argentina tienen un cerro de los siete colores). La montaña toma el nombre de la policromía de las rocas y la tierra, que puede variar según la luz. Para mí, como era la primera vez que me encontraba en un paisaje como este, me resultó espectacular.

El segundo día lo dediqué a visitar el Parque Nacional del Aconcagua. Estando en Mendoza consideré hacer un trecking, pero me pareció caro y complicado, pues había que pedir un permiso (me había dicho que sólo se pedía en Mendoza, aunque luego se puede comprar en el parque), reservar en el refugioy llevar un buen saco que no tengo. Así que decidí que cuando fuera a Uspallata iría a pasearme por la entrada del parque y tener una vista de la montaña más alta de los Andes y de paso ver el tan afamado Puente del Inca.

Aconcagua significa en quechua “Centinela de piedra” y mide 6.962 metros. Su pared sur es una de las grandes paredes de planeta y está sembrada de glaciares. Estos glaciares provocan nuerosas y espectaculares avalanchas.

El Puente del Inca es un puente natural que se ha construido a base de sedimentos orgánicos y minerales. En un tiempo hubo un balneario pero este cerró. Hasta hace poco se podía caminar también por encima del puente pero ya no es posible debido al impacto que está haciendo tanto turista en el lugar. Es curioso, pero no merece la pena malgastar un día en ir a verlo a mi parecer. Y yo tuve que hacerlo pues las conexiones de bus no son muy frecuentes.

Mis días de verano

Después de mi escapada al Valle de Uco volví a Mendoza. Hernán había hablado con su amigo Matías y me ofrecieron la posibilidad de quedarme en su casa por unos días. No lo pensé mucho y me quedé en la ciudad.

Matías vive en una casa con jardín y piscina en la sexta sección de Mendoza. Comparte la casa con Belén, Vane, Marcelo y Dani. Y también conocí a la novia de Matías, María. Todos simpatiquísimos y me recibieron estupendamente. Los días fueron calurosos e invitaban a pasar tiempo en el jardín tomando el sol y bañándose en la pileta.

Por cinco días tuve gracias a Matías y Hernán vida de barrio mendocina, con paseos en bicicleta por el barrio y por el parque San Martín, cenas con amigos, tomando helado y cerveza delante de la casa. Tenía la sensación de estar realmente en verano, tal como quería en mucho tiempo: días tranquilos, siestas, mucho sol y piscina. Así me gustan mis días de verano. Más o menos lo que había estado haciendo en Santiago de Chile pero en un ambiente más bohemio. Me habría gustado pasar un mes entero pero ya no disponía de tanto tiempo y los veinte días en Santiago de Chile habían restado tiempo para recorrer el norte de Argentina.

Hernán me llevó también de paseo a la Reserva Ecológica del Challao, quién iba a decir que justo al lado de la ciudad se encuentra uno con este paisaje desértico.

El valle de Uco o como ir a ninguna parte

El fin de semana anterior lo pasé muy bien con Hernán y con sus amigos. Hernán me habló de la posibilidad de hacer alguna excursión y pensé entonces en quedarme algunos días más por la zona. Pero tenía ganas de salir de la ciudad así que seguí un consejo que oí y el lunes me puse rumbo a Tunuyán, al sur de la ciudad.

Llegué a Tunuyán sin saber qué había por hacer allí ni donde podría dormir. Justo llegué un día después que se celebrara el festival de la tonada (un tipo de música típico de Mendoza) y todo estaba bastante muerto y la oficina de turismo cerrada, además de que era la hora de comer y a esas horas en días de verano como estos las ciudades argentinas duermen. Así que me dirigí al camping que había visto en la entrada de la ciudad. Que además tenía piscina y donde podría refrescarme del calor.

El camping no era exactamente lo que buscaba. Estaba lleno de familias ruidosas que ponían la música a todo volumen durante todo el día, y el camping no lo habían dejado muy limpio. La piscina estaba llena de niños y la verdad es que Tunuyán estaba en ninguna parte, la ciudad en sí no tiene ningún atractivo. Hablando con el señor del camping me dijo que lo bonito evidentemente estaba subiendo hacia la precordillera y que podía ir a El Manzano Histórico en el valle de Uco, un nombre muy sugerente.

Mi segundo día consistió en ir a explorar esta zona y buscar algún camping tranquilo donde relajarme y hacer alguna excursión. Justamente no hay transporte público a El Manzano Histórico pero al mismo tiempo yo no quería volverme para Mendoza, así que me decidí a probar el autostop. Era una idea que me había rondado por la cabeza pues son muchos los viajeros que lo hacen para viajar por Argentina y Chile pero nunca me atreví a hacerlo yo sólo. Sólo lo había hecho dentro de poblaciones pero no para recorrer largas distancias como en Cañuelas y El Bolsón. Era la excusa perfecta para animarme a hacerlo de una vez por todas.

Al principio estaba bastante patoso, pues no sabía realmente donde parar los coches. Empecé a caminar por la carretera en la dirección deseada, todavía con barrios de casas a los laterales. Durante media hora ningún coche paró hasta que un chaval en bici me recomendó que tomara una micro, es decir un bus que me adelantara parte del camino. Y así lo hice, y al poco el bus me dejaba unos 15 Km. más adelante, en el desvío hacia El Manzano Histórico. Desde allí sería más fácil pues no había otras direcciones posibles. Estuve intentándolo como unos veinte minutos hasta que por las señas de un par de autos me di cuenta de que no estaba en el lugar adecuado, pues un poco más adelante había una curva. Yo estaba parado en la sombra y no me gustaba la idea de tener que esperar en el sol. Pero caminé hasta después de la curva y allí en la recta sólo tuve que esperar unos cinco minutos hasta que una camioneta paró y me dejó subir a la caja de atrás. Desde allí pude ver los viñedos, manzanos y la cordillera con sus cumbres nevadas hasta la reserva natural de El Manzano Histórico.

El Manzano histórico daba la impresión de estar en medio de la nada. Había un poco de verde sí, unos cuantos árboles alrededor de un río, pero fuera de eso era todo desértico. Montaña totalmente pelada. Pero me dije, ahora que estoy aquí voy a darle un par de días de oportunidad. Me instalé en el camping Ramón que también tenía piscina, aunque bastante sucia de tierra (el viento debe arrastrar mucho polvo) y no se me hacía el baño muy agradable, por lo que al minuto de estar en el agua salí.

Pasé dos días en el camping Ramón durmiendo la siesta, comiendo y leyendo libros. Solamente dos cosas me sacaron de mi rutina. La primera una tormenta infernal que cayó sobre mi frágil carpa la primera noche. Tenía los truenos y los relámpagos encima de mí y yo sólo pensaba en que ningún rayo cayera sobre un árbol y este me aplastara la cabeza. Por suerte no ocurrió así y la lluvia duró muy poco tiempo y no me mojé, pero por momentos parecía que el viento se me iba a llevar volando.

La segunda fue la excursión al Chorro de la vieja. Tenía que caminar unas tres o cuatro horas de ida, la mayor parte por una pista de ripio desde la cual una senda subía por la montaña hasta llegar a el salto de agua.  Al parecer es un lugar importante para la historia argentina pues el valle de Uco es una ruta sanmartiana, lo que quiere decir que San Martín cruzó los Andes por allí.

Hubiera sido un camino un tanto aburrido, además de que discurre por la nada, si no hubiera sido porque justamente un coche se quedo encallado en un curso de agua que cruzaba la pista a unos metros de mí. Era una familia argentina y yo les ayudé a empujar el coche y sacarlo. Y coincidencia que también iban a ver la cascada, por lo que me subí en el coche con ellos y me adelantaron gran parte del camino.

La familia estaba compuesta por el matrimonio René y Babel de Tunuyán, su hija Valeria y el abuelo Rafael. René estaba a punto de editar un libro de poesía que versaba principalmente sobre la región y quería una foto de El Chorro de la vieja para su libro. Como René y Babel se quedaron cuidando del abuelo, yo subí junto con Valeria hasta la cascada. La verdad es que si uno camina por el valle, no se imagina que tan cerca puede haber semejante salto de agua y tanto verde.

Pasaron los dos días y ya era momento de volver. El autostop se hizo relativamente fácil pues sólo esperé como quince o veinte minutos y de nuevo vuelta a Tunuyán y Mendoza en la caja de una camioneta y en compañía de otro chico de Buenos Aires.

Si el lugar se llama El Manzano Histórico es porque justamente allí San Martín, cuando cruzó los Andes, durmió una siesta bajo un manzano. Y cabe decir que la zona es productora de manzanas. Yo no lo ví, pero me lo pasé bien.

El ritmo tranquilo de Mendoza

El martes llegué a Mendoza y llevo ya casi una semana aquí, embargado por el ritmo tranquilo que embarga a los mendozinos en estos días de verano. No he hecho ninguna excursión, ni he ido a ninguna bodega ni he explorado los alrededores todavía. Todavia voy con mucha calma y poco a poco me voy acostumbrando a la idea de que ya no estoy en Santiago y que debo reactivarme de nuevo. El 5 de febrero debía estar en Salta pero Nicola ha tenido que retrasar su vuelo 20 días, por lo que tengo todavía hasta finales de mes para recorrer la distancia que separa a Mendoza y Salta.

Ha sido llegar la ciudad y el verano puro me ha golpeado en la cara. Hace mucho más calor que en Santiago y el día resulta agobiante. Y es que Mendoza está en medio de un desierto y los viñedos, los parques de la ciudad y los grandes árboles que llenan las avenidas y los paseos son fruto de la buena irrigación que se ha logrado aquí. Está siendo difícil deshacerse de ese ritmo lento que había adquirido durante las últimas tres semanas y me está costando un poco reactivarme.

Durante estos días me he visto arrastrado por la gran vida social del hostel y sus fiestas. He visto que alrededor de los hostels, especialmente los HI hay un ambiente muy parecido a las fiestas erasmus. Es decir mucha gente entre 20 y 23 años, que en su mayoria no hablan español y se dejan arrastrar por las ofertas de copas baratas, se emborrachan y algunos pierden el control. No es que este mal pero ya pase por eso hace muchos anos y no es lo que estoy buscando ahora. Sin embargo la noche en cuestion la pasé con gente estupenda y tengo que decir que al final me divertí un poco aunque la fiesta fuera bastante mierda. Lo que si ha sido un triunfe fue el asado de chivito que organizaron un grupo de chicos de Buenos Aires que estaban en el hostel. La imagen lo dice todo.

Pero la razón por la que he pasado tantos días en Mendoza sin hacer algo en concreto es la gente que conozco aqui. El día es muy caluroso y tampoco apetece hacer muchas cosas al aire libre. Asi que vivo mas la noche en compañía y luego paso la mañana y parte de la tarde como un zombie pues al dormir en habitaciones compartidas siempre me despierto relativamente temprano y necesito echar alguna siesta para recuperarme.

Me he puesto en contacto con Diego, un amigo de Lucas de Buenos Aires que me ha llevado de fiesta con sus amigos y con los cuales me he divertido mucho. Y también he conocido a Hernán, el hermano de mi amiga Malen de Berlín (la misma amiga que me puso en contacto con Lucas, por lo que todo se queda en familia), que justamente está pasando una temporada en su ciudad natal. Ademas de cervecear y descubrir un poco la ciudad, pues el llevaba un buen tiempo sin venir y muchas cosas son muy nuevas para él, me ha llevado de paseo en el viejo citroen CV de su padre por Mendoza y sus alrededores. Simplemente viajar dentro del coche ya es una gozada.

Ya es lunes y es momento de partir y hacer alo más activo. Me voy a Tuyunán, y de allí volveré algunos días a Mendoza para partir finalmente hacia el norte. Y es que la capital de los vinos me ha cautivado realmente.

 

Cenizas y truchas

El primer día en Bariloche fue glorioso. Pero el segundo día, que era mi día de descanso se levantó con ceniza. Una nieblina cubría toda la vista más allá del lago Nahuel Huapí. Decidí darle a Bariloche otra oportunidad y planeé para el miercoles de la semana pasada una excursión a una montaña cercana. Pero me levanté al día siguiente todavía cansado. El viento estaba peor y traía toda la ceniza hacia la ciudad, la visibilidad estaba muy mal. No tenía ganas de ir de excursión, no tenía ganas de pensar ni de planear nada. Pero tampoco me quería quedar en el hostel con los brazos cruzados.

Juan, un chico argentino de Cañuelas, que había viajado a Bariloche con su moto quería ir a pescar y me invitó a ir con él. Al principio la idea de ir a pescar no me atraía nada y deseché el plan. Pero luego pensé que me vendría bien cambiar de actividad y pasar el día con alguien con quien charlar. Le podría hacer compañía en el lago y también podría leer mi libro. Así que fuimos a la península de Llao Llao, donde había estado el día anterior y que me había parecido muy bonito. Allí Juan empezó a poner práctica sus conocimientos de pesca, que según él no eran muchos. Conforme avanzaba la tarde cada vez teníamos más ceniza y la visibilidad era ya prácticamente nula. Igualmente el agua del lago se cubrió con una fina capa de tierrilla grisacea.

Aún así esto no era un problema para la pesca y Juan sacó sus primeras truchas. Una fue bien grande y entre las dos había comida para cuatro personas.

Después las cocinamos en el hostel junto con unas patatas al horno. Estaban deliciosas, la carne era muy parecida a la del salmón. Juan y otra chica del hostel a la que había invitado se retiraron dejando mucho pescado, y yo no me pude resisitir a acabar con las truchas. Además desde que estoy de viaje por la Patagonia tengo un apetito voraz y como en grandes cantidades.

Tras el día de lago con ceniza y super cena salía de Argentina para ¡Chile! Allí sí que pude ver los efectos de la explosión del Volcan Puyehué y cómo había dejado la zona de Villa la Angostura y la frontera con Chile.