Pingüino mochilero

Relatos de viajes

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Category: Chile (page 1 of 2)

Un bis chileno

Mi plan al día siguiente de volver de Valparaíso era tomar un bus para Mendoza, y dejar Chile para adentrarme en el desértico noroeste argentino. Sin embargo, el haber conocido a Miguel cambió mis planes. Me invitó a participar en un taller de danza que daba la compañía Mopa en Santiago el fin de semana y de paso asistir a las funciones que iban a dar en el centro cultural español de Santiago. Así que no me lo pensé mucho y como Chris y Peter parecían también estar encantados de tenerme decidí quedarme unos días más eb ka ciudad.

Así la mayor parte del fin de semana la he pasado con Miguel y la compañía, que a pesar de estar muy líados y nerviosos con sus representaciones se han mostrado muy simpáticos conmigo y he podido compartir con ellos cenas y cervezas. Además me lo pasé en grande en el taller de danza que impartieron en el GAM y recordé lo bien que me sentía cuando tomaba clases de baile en Berlín. De hecho me ha dado ganas de retomarlas cuando vuelva y de probar otros estilos diferentes a la danza jazz. Sus funciones me han gustado mucho y me han sorprendido por su originalidad. Son una mezcla de danza contemporánea, teatro y clown, algo que no había visto antes pero claro, veo poca danza y poco teatro por desgracia. Especialmente con la segunda función que ví me reí mucho, Mala suerte o falta de talento.

Estar con ellos me ha hecho reflexionar un poco acerca de cuanto estoy disfrutando del viaje y de toda la gente que estoy conociendo. He conocido a muchas personas con el corazón muy grande que me han abierto sus casas y me han cuidado. He conocido a muchos viajeros, gente que viaja por poco tiempo y gente que viaja por más tiempo que yo, y aunque cada uno viaja a su manera y a su ritmo, todo el mundo esta contento y tiene muchas ganas por conocer y disfrutar del momento. Y además he conocido gente muy interesante tanto en Buenos Aires como en Santiago, tanto por como son y por lo que hacen, lo cual es todo un soplo de aire fresco en mi rutina viajera un tanto solitaria. Y espero que pueda mantener el contacto con todos ellos con el paso del tiempo.

El sábado por la noche llegó a casa de Chris y de Peter la hija de sus mejores amigos, Georgia. Ella había estado viajando también por Sudamérica y había hecho un trabajo de voluntariado en Perú. Tuvo un pequeño percance cuando le intentaron robar el bolso y se volvió para Santiago un día antes de lo esperado. Así que compartí mis dos últimos días con ella también. Y el domingo pudimos relajarnos en casa de Doug y Fran, los amigos de Chris y Peter. La foto lo dice todo.

El lunes fue un día ya casi de despedida. Cociné mi primera paella para Chris, Peter y Georgia, con la ayuda de ellos claro está. Probablemente mi última cena rica en mucho tiempo, y la última vez que como pescado en mucho tiempo, pues en Argentina no se come apenas y en Bolivia ya ni se ve. Y el martes, rumbo a Mendoza, Argentina.

La despedida fue muy emotiva con Chris. Me ha tratado como un hijo más y ha cuidado mucho de mi. Me he sentido muy querido por ellos y yo también he sentido mucho apego por ellos, no hay palabras para describir lo geniales que han sido conmigo. Llegué muy cansado y he salido lleno de energías para seguir recorriendo el continente. Simplemente no tengo palabras para agradecerles todo lo bien que me han recibido y tratado.

Estos son Chris y Peter a la derecha con sus amigos Fran y Doug a la izquierda, en Santo Domingo, al sur de Valparaíso.

Street art chileno

Ya en otras ocasiones había mostrado arte urbano y graffittis que me habían gustado. Con Valparaíso no podía ser menos, así que allí van. Esto es sólo una pequeña muestra de lo que se puede ver paseando por la ciudad.

Valparaíso, una ciudad de colores

El martes por fin moví un poco el culo y tomé un bus a Valparaíso, capital cultural de Chile y que queda tan solo a dos horas en bus de Santiago. Lo primero que pensé cuando salí de la estación es que Valparaíso es una ciudad mágica y que se mueve a un ritmo muy diferente a cualquier otra ciudad que he visto antes. Era lo más parecido a mi imaginario de lo que sería una ciudad sudamericana. Mucha gente en la calle, muchos puestos de comida, mercado de frutas y verduras al aire libre, cierta decadencia en los edificios antigüos, mercados abarrotados, olores fuertes a carne y a pescado, un ritmo pausado dado por el verano y mucho color.

En Valparaíso he tenido mi primera experiencia con el couchsurfing propiamente dicha. En Buenos Aires ya conocí a gente pero no me quedé en ninguna casa, y hasta ahora todos los contactos habían venido por las relaciones personales. Unos días antes empecé a contactar gente por la página web y tuve la suerte de que Lesly me respondiera. Así que tras mi primer paseo la tarde del martes fui a encontrarme con ella cuando salió de su trabajo en la plaza Victoria. Debo reconocer que estaba un poco nervioso pero enseguida fue bien y Leslie me llevó de bares por el centro y después de tomar varias cervezas en muy variopintos bares, acabamos matando el hambre con una inmensa chorillana. Y es que hay que apuntar que los chilenos son un poco brutos con la comida. La chorillana consiste en un plato gigante de patatas fritas, cebolla, trozos de ternera y chistorra.

No era nuestro caso pero también puede llevar huevo. Y esa tarde había comido un completo gigante (un pedazo de bocata con salchichas frankfurt, un picadillo de tomate, aguacate aplastado y mayonesa. Después de eso estábamos ya para el arrastre así que fuimos para su casa y enseguida caí rendido en la cama que me dejo. Por desgracia Lesly y yo no tuvimos mucho tiempo para pasar juntos, pues al final eran dos noches y ella tiene que trabajar para ganarse el pan. Pero el tiepo que pasé con ella fue muy agradable y me gustó mucho conversar con ella. Yo a cambio cociné para ella una cena y aún pudimos vernos mi último día durante su hora del almuerzo.

El resto del tiempo lo pasé paseando por las montañitas que tiene la ciudad y disfrutando de las vistas y de la gran cantidad de murales que decoran sus calles. Y es que uno percibe el espíritu artístico y bohemio de la ciudad en cada uno de sus rincones. Los tres días pasaron como si nada subiendo y bajando los cerros, tomando los ascensores, mirando a la gente pasar desde los bancos de las plazas y disfrutando de sus bares y cafés.

El último día a pocas horas antes de volver para Santiago conocí a Miguel, sevillano que trabaja en la producción de la compañía de danza Mopa que está de gira por Chile. Miguel se había escapado y dejado su compañía en Santiago para conocer la ciudad y verse con unos amigos que estaban actuando en un festival de teatro de Valparaíso. Fue una gran casualidad que nos conocieramos, pues Miguel había estado leyendo este blog pocos días antes de partir, en concreto la entrada sobre Tierra de Fuego. Al final acabamos comiendo juntos con Lesly y luego me llevó al teatro donde estaban sus amigos. Desde la terraza del teatro se veía la casa de Neruda, y contemplamos las vistas del puerto desde donde Neruda se tomaba los tragos con los amigos.

Un apartamento en Las Condes, Santiago de Chile

Si tuviera un buen trabajo en Santiago de Chile en el que me pagaran bien, probablemente habría optado por vivir en otra zona de la ciudad, pero claro ni Chris ni Peter son yo, y ellos viven cerca de sus amistades y su trabajo, por lo que es el mejor lugar donde podrían vivir si quieren estar en la ciudad. Y aunque el barrio de Las Condes no me guste mucho, su casa me encanta y tengo que añadirla a la sección de casas en las que me gustaría vivir.

No hay mucho que decir. Es muy grande y espaciosa. Es muy cómoda y la tienen decorada con gusto. Hay una gran terraza donde se puede cenar las noches de verano e incluso tienen un rincón donde plantar plantas. Y entre las bonitas flores crecen también plantas aromáticas para usar en la cocina.

La cocina es una super cocina. Es grande y permite a varias personas cocinar sin molestarse, o simplemente tener compañía mientras se prepara la comida. Y tiene su pequeño rinconcito donde relajarse mirando los rascacielos y el cielo azul del verano.

Dos semanas en Santiago

Chris y Peter viven en Las Condes, uno de los barrios más modernos de la ciudad. Su casa está muy cerca de la avenida Apoquindo, donde destacan los rascacielos y edificios de cristal. Durante la semana esta llena de yuppies que salen y entran en sus oficinas. Peter tiene la suerte de trabajar a diez minutos a pie de la casa por lo que lo veo al mediodía cuando viene a comer. A veces, cuando Chris no está haciendo deporte vamos a dar un paseo o nos hacemos compañía en la cocina. Y por las noches de esta última semana, vemos el Open de Australia, del que Chris es tan fan que no le supone ningún esfuerzo levantarse a las 5:30 de la mañana para ver los partidos des sus jugadores favoritos.

A parte de mis paseos por Santiago he ido a algunos conciertos. Entre ellos se incluye una actuación de Dënver, una de las pocas bandas chilenas que conozco, por no decir la única. ¡Y fue justo al lado de la casa de Chris y Peter! Me emocioné mucho cuando supe del concierto aunque luego resultó ser mucho más tranquilo de lo que esperaba y en ese aspecto me decepcionó un poco. Pero hay que decir que era a una hora temprana, como a las ocho de la tarde. Y estaba sponsorizado por Corona. Probablemente a otra hora como más tarde por la noche y en otro lugar, habría resultado más animado. También he salido a bailar y he escuchado un poco de música tecno, pues llevaba tres meses sin pisar ninguna pista de baile y debo reconocer que lo echaba un poco de menos. ¡Cuánto echo de menos a Berlín a veces!

También he probado la comida peruana (sólo había comido una vez en Buenos Aires) y me ha encantado. Los vinos que he probado estaban riquísimos, y he comprobado la gran afición que hay por los vinos aquí. También he ido al cine un par de veces a ver un documental chileno y una película que me ha parecido increíble, Enter the void, aunque no es para todos los gustos ni estómagos.

A parte de Chris y Peter, he conocido a Woody, el profesor de español de Chris. Con el he tenido muy agradables conversaciones, me ha llevado a cenar a buenos restaurantes y me ha hablado mucho de cómo es la vida en Santiago y en Chile. También he conocido a Hernán, en mi expedición nocturna por el barrio Bellavista. Hernán ha resultado ser una persona super simpática y agradable, que me ha causado muy buenas vibraciones. Me ha dado pena conocerlo hacia el final de mi estancia en la ciudad de Santiago, pero vive normalmente en Lima y espero que lo pueda volver a ver cuando pase por allí.

Por la gente que he conocido, he tenido la impresión y la misma gente me lo dice, que Santiago es una ciudad muy segregada. La gente que he conocido son de los barrios de Las Condes o Vitacura, y difícilmente salen de estos barrios. Como mucho Providencia, un barrio entre el centro y los barrios de clase más ricos donde abundan los buenos restaurantes y los cafés. Así que me ha resultado difícil encontrar a gente con la que explorar otras partes de la ciudad como Lastarria o Brasil. Estos barrios me han resultado más interesantes y cercanos a lo que a mi me interesa y me he quedado un poco con las ganas de haberlos conocido más a fondo, o de al menos haber investigado más sus bares. Este aspecto me ha chocado un poco, lo esperaba más de otras ciudades sudamericanas como Lima o Bogotá pero no de un país como Chile.

Huerto urbano en la calle

Santiago de Chile

Tras pasar un día muerto en Pucón en el que no paraba de llover, cogí un bus nocturno a Santiago de Chile. Los días de camping y montaña iban a dar paso a una nueva etapa urbana. Por fin iba a poder comer bien y dormir en una cama de verdad. Adiós a la mini tienda de campaña y a las sopas de sobre por unos cuantos días, venía por fin el “merecido” descanso.

Soy un viajero con suerte, pues en Santiago de Chile viven los padres de mi amiga Julia. Julia es una gran amiga de Australia que conocí hace ya años en Copenhague y además ha vivido en España y en Berlín. Conocí a  sus padres Chris y Peter en agosto, justo antes de irme de Alemania y me dijeron que cuando pasara por Santiago podría quedarme en su casa y descansar cuanto necesitara antes de proseguir con el viaje al norte de Argentina.

Chris y Peter son maravillosos y me han mimado y cuidado como si fuera un hijo más. Me han hecho sentirme como en casa y tras casi dos semanas aquí me siento ya como nuevo y cargado de energías para ir a donde haga falta. Me han comprado calcetines, compran comida que saben que me gusta, me llevan de paseo y a comer fuera.  Y también me han pesado con el objetivo de que aumente de peso durante estos días pues según ellos estaba muy delgado.

Santiago es una ciudad muy diferente a Buenos Aires, y uno tiene que llegar a ella con esa idea en la cabeza, especialmente si ha estado en Buenos Aires antes, como es mi caso. Santiago da la sensación de ser una ciudad mucho más nueva y moderna. No solamente los edificios recuerdan a los de cualquier otra ciudad del mundo, las aceras están bien cuidadas y mucho más limpias. Los buses y el metro corresponden al tiempo en el que vivimos  mientras que en Buenos Aires parece haberse quedado en los años 70 por desgracia. Sin embargo a Santiago le falta el encanto que tiene la Manhattan de Sudamérica. Quizás le faltaría ser un poco más caótica, un poco más desorganizada y un poco más abierta para vibrar como lo hace Buenos Aires. Y no es que le falte fiesta, pues ahora enero es como julio para nosotros y hay muchísima gente en la calle todos los días y noches (también según el barrio), pero a mi gusto le falta el tinte bohemio que tienen muchas ciudades europeas y que a mi juicio Buenos Aires ha adquirido con su personalidad propia.

Durante estas dos semanas tengo que admitir que no he hecho mucho. He aprovechado para vaguear, estar en el ordenador, hablar por el skype, comer la comida riquísima que prepara Chris, cocinar un poco en compañia, estar en el ordenador, ver el open de Australia, comer comida riquísima, estar en el ordenador, pasear un poco y conocer la ciudad. Así que admito que podría haber estado más tiempo en la calle. Pero con el trote que me había pegado y sabiendo de antemano los meses que me esperan, necesitaba esto pues desde que estuve en Punta Arenas con Pepe y Oskarina no había tenido estas comodidades.

El des-Encanto de Pucón

Tras bajar del lago paré de nuevo en casa del señor Israel. Tenía allí mis cosas y pensé que podríamos disfrutar de compañía mutua una última tarde con una botella de vino. A la mañana siguiente, tenía mis cosas preparadas y cuando me despedía de Israel, su esposa María y un amigo apicultor pasaba el autobús que me tenía que llevar a Villarrica, por lo que tuve que salir corriendo y parar el bus en medio de la carretera. El bus paró y a eso del mediodía estaba en mi nuevo destino, tras haber hecho un alto en Villarrica: Pucón.

En el encuentro arco iris había conocido a una pareja que recién habían estado y me habían recomendado un camping que yo no voy a recomendar a nadie, se trata de el camping El bosque. Lo único bueno es que es barato, en un destino turístico muy popular, caro y que se peta en verano. Pero estaba apartado, el sitio no era una maravilla y no tenía muy buenos servicios. Se encargaba una chica frances muy simpática y que la pobre me contaría se sentía explotada por su jefe. Más que camping es una empresa de actividades de aventura, a lo cual no puedo decir nada, por lo que sólo recomendaría el camping a alguien que vaya a hacer actividades con ellos.

Pucón

El pueblo de Pucón no tiene ningú especial atractivo. Es una acumulación de operadores turísticos y restaurantes orientados al turista gringo, o sea hamburguesas, comidas mexicana, pizzas, etc. Tampoco se le puede pedir más, al fin y al cabo uno va a Pucón para explorar la zona.

Así que tras haberme instalado y conocido al único grupo de personas que había en el camping (un grupo formados por belgas, un francés, una inglesa y un español que me invitaron a cenar y con los que pase un par de noches muy agradables) decidí que mi primer día lo dedicaría a dar una vuelta en bici por la zona, en concreto la ruta de los Ojos del Caburgua.

La ruta consistía en seguir una pista de ripio cerca de un río, aunque el paisaje no era nada espectacular. Se podía ver el volcá Villarrica, aunque ya lo tenía algo visto.

Después de dos horas en la bicicleta, se llega a los ojos del Caburgua, unas pequeñas cascadas, que son bonitas pero nada espectaculares y que estaban rodeados de un ejército de domingueros.

Así que que decidí irme pronto y poner rumbo hacia la playa blanca en el lago Caburgua donde podría bañarme. Fue el  peor momento pues eran las horas del día en las que el sol pegaba más fuerte. Pero por suerte tendría la recompensa de poder bañarme en el lago. La playa era bonita, y el lago también. Y el agua además no estaba para nada fría. Lo único era de nuevo el gran volumen de gente que había y que hacía que el lugar no fuera tan apacible.

Asi que entre unas cosas y otras decidí que lo mejor sería que me detuviera en Pucón el menor tiempo posible y que visitara lo que quería visitar cuanto antes para poder irme a Santiago y descansar.

El Parque Nacional Huerquehue

Esta era la razón por la que había visitado Pucón y lo que haría que la visita mereciera la pena. Un parque en el que además de preciosos paisajes, guarda impresionantes bosques de araucarias. La araucaria es un árbol que se encuentra solamente en el hemisferio austral, principalmente en Argentina y Chile. Es un árbol de la era mesozoico, o como digo yo prehistórico y le da uno una imagen de cómo serían los árboles hace millones de años. Son árboles de una gran longevidad, por lo que además son testigos de todos los pueblos que han habitado estas tierras. Según me contó el guardaparques, en Huerquehue hay araucarias de hasta cuarenta mentros de alto, pero bien adentro del parque, y que pueden llegar a tener perfectamente unos dos mil años de antigüedad.

Mi visita al parque iba a ser para dos días, sábado y domingo, aunque el pronóstico daba lluvias para el domingo. Tras varias semanas de calor y buen tiempo, iba a llover finalmente y arruinarme uno de los parques estrella de la región de los lagos. El primer día lo dediqué a recorrer el sendero de los lagos. Tras subir una cuesta por un bosque y ver algunas cascadas:

 

Uno llegaba a al nivel de varios lagos, y en donde las araucarias empezaban a hacer aparición. A mayor altura más araucarias había y estas eran más imponentes. El paseo fue increible aunque se notaba que el tiempo iba a empeorar pronto y quizás me iban a regar las nubes por la noche mientras durmiera.

Llegué bastante cansado al camping Olga, al pie del parque nacional. Estaba tan cansado que no tenía fuerzas como para estar en la fogata que había ni en la orilla del fabuloso lago. A la mañana siguiente el cielo estaba muy muy gris, aunque no llovía todavía. El día lo dediqué a pasear por un bosque de araucarias que subía hacia una montaña, pero yo ya estaba cansado de la bicicleta y del día anterior, y el tiempo fue inclemente conmigo a eso del mediodía, y como no podía aguantar el viento y la lluvia, decidí volverme y llegar a Pucón más o menos pronto y comprar el billete para Santiago. Después de meses en la montaña, tenía ya ganas de ciudad.

La familia arco iris

La nochevieja me supo a poco. No esperaba ninguna gran celebración ni fiestorro, pero tampoco pensaba que me iría a dormir a eso de la una de la mañana. Pero yo no había ido a Liquiñe porque quisiera pasar una gran nochevieja, para eso me habríia quedado en Valdivia, si no que quería estar tranquilo en un lugar apartado.

Y el primer día del año iba a subir con los hippies, lo cual era todo una novedad en mi rutina viajera. Después de un desayuno copioso me puse en camino. Según me habían dicho Emilio y Lolo, tendría como unas dos horas de camino. Seguí sus indicaciones, y a pesar del fuerte sol del mediodía llegué a la casa del señor Noé. El encuentro era en el lago Ankacoigue que estaba en su propiedad. Así que tenía que ir a su casa para preguntar por las indicaciones finales. Tras una hora de confusión en la que estuve delante de una casa abandonada gritando Holaaaaaaaaaaaaaaa! varias veces, gracias a unos turistas vi de nuevo las señales que indicaban el camino y llegué a la bendita casa. Allí me recibió Tere, la esposa del señor Noé, que entre otros quehaceres vende quesos artesanos, huevos y panecillos riquísimos a turistas y a gente del pueblo que sube de propio hasta su casa. Así que tras un último descanso, me encaminé hacia la cuesta final y tras diez minutos más, llegué por fin al encuentro arco iris.

La familia arco iris

¿Qué era un encuentro arco iris? Yo realmente no tenía ni idea. No sabía si estaba llegando a un fiestón o a una reunión espiritual. Los encuentros arco iris se iniciaron en EEUU como hace 30 o 40 años y suelen tener lugar en verano y un encuentro dura el ciclo de una luna, desde que nace hasta que llega la luna nueva, casi un mes. En EEUU es algo más grande y más masivo. En Europa también hay varios y hay encuentros europeos. También los hay mundiales, de hecho ahora en febrero habrá uno en Brasil. Este en concreto era chileno y no se había publicitado mucho porque uno que hubo hace dos años atrajo a mucha gente que sólo quería hacer fiestón.

En el encuentro había un lago como ya he dicho, aunque nadie acampaba cerca de él. Hay también un fuego sagrado, lugar perfecto para reunirse o hacer actividades como bio danza. También había una cocina, pues la comida se comparte y se hacen dos comidas al día para todo el mundo. Un baño seco, un lugar para limpiar los platos, un lugar de reciclaje, un lugar para el compost, etc. Para ser un número tan grande, cuando yo estuve eramos cerca de cincuenta y después iban a venir más, el lugar estaba muy limpio y recogido. La organización funcionaba bastante bien, contando con que no había organización. La máxima era: Si ves una tarea, es tuya.

Pero lo que más destaca de un encuentro así, es que todo el mundo es fantástico. Todas las personas allí eran generosas, calurosas y muy cariñosas. Todos compartían además un gran respeto por la naturaleza y el lugar que había sido prestado para el encuentro. Uno al llegar, se encontraba rodeado de abrazos de bienvenida y personas dispuestas a ayudar. Los momentos de reunión estaban plagados de canciones, bailes, abrazos. Y los brotes espontáneos de amor y cariño eran bastante comunes.

La gente tenía además muchas ganas de compartir y aprender. Así que no era todo el tiempo estar tumbando, bañarse y tomar el té. Se organizaban talleres de permacultura, activiades de circo y teatro, yoga, terapias espirituales, etc

Cuatro días en el arco iris

Mi idea inicial era pasar una noche o dos, pero al final me gustó tanto que me quedé más tiempo, cuatro días. Me habría quedado más pero por un lado había dejado mis cosas en la casa de Israel y por otro lado estaba pasando un poco de hambre. No es que la comida fuera escasa, pero llevaba semanas en los que estaba comiendo mucha más comida de la que acostumbro debido a que estoy haciendo mucho deporte últimamene. Pero amaba el lugar y a la gente, y me sentía muy a gusto con la gente que conocí allí. De hecho cuando me despedí de todos ellos, me dio mucha penita.

Además de disfrutar con el fabuloso tiempo, el lago que tenía un agua fantástica por la noche y de la luz de las estrellas y de la luna creciente a la noche junto al fuego, participé en un taller de permacultura, en el que aprendimos la técnica de cómo diseñar un huerto circular con cama alta. Y lo que más disfruté fue una sesió de bio-danza, con música en vivo en torno al fuego sagrado bajo la luz de las estrellas. Fue un momento realmente mágico.

Durante todo este tiempo no estuve pendiente nunca ni del teléfono (pues no había cobertura), ni del reloj ni usé la cámara fotográfica, pues estar usando la cámara habría estado un poco en contra del espíritu arco iris. Así que solo tomé una foto del paisaje en la casa de Noé, desde donde se veía el volcán Villarrica y el volcán Lanín.

ñ í é ú ó á ¿

Liquiñe y sus aguas termales

Llevado entonces por las indicaciones de un holandés que conocí en el hostal de Valdivia y por mi intuición (en Panguipulli, pueblo donde debía cambiar de bus estuve a punto de irme a otro lugar) acabé en el pequeño pueblecito de Liquiñe, cuyo principal atractivo son sus aguas termales.

La primera noche di con las termas de Trafipán. Había por el pueblo otras termas muy turísticas y por lo tanto más caras, y yo quería buscar unas más rudimentarias. Estas termas consistían básicamente en una piscina al aire libre rellenada por medio de una manguera con agua caliente que brotaba de la montaña. También había unas tinas en una caseta, pero no tenían muy buen aspecto y no parecía muy limpio, así que quedaba sólo la piscina. No parecía gran cosa pero el señor me dejaba acampar al lado y disfrutar de la piscina por muy poco dinero. Y al atardecer, cuando se fue todo el mundo, la piscina estaría sólo para mí. Desde allí tenía vistas al valle, con un aspecto mágico debido a la nube de cenizas que inundaba el valle y por la noche uno podía estar mirando las estrellas mientras se nada en el agua bien calentita.

Después tuve la suerte de conocer al señor Israel, que lleva los circuitos turísticos en Liquiñe. Su casa está al comienzo del pueblo y permite a los viajeros acampar en su terreno por un precio muy economico. Esa noche iba a estar en Trafipan pero acordamos que al dia siguiente iria para su casa.

Y el dia me traería una ultima revelación. También conocí a Emilio y Lolo, dos estudiantes de Santiago que venían de un encuentro arco iris. Algo de lo que creía no haber escuchado antes todavía (luego verificaria que si me habían hablado de ellos). Al parecer la familia rainbow chilena se había reunido en un lago en lo alto de la montaña allí mismo en Liquiñe. Así que me dije, tengo que ir allá arriba a ver qué es eso. Ellos se volvían a Santiago el 30 de diciembre y yo pensé que el sábado podría ser un buen día y celebrar con ese grupo de personas la nochevieja.

En casa de don Israel

Al día siguiente, me fui de las termas de Trafipan a casa del señor Israel. El me llamaba a mí don Jesus, y nos tratamos de usted en todo momento. Me habló de su vida en el valle, de la cultura mapuche (pues el y su esposa son mapuches) y me invitaron a cenar un estupendo asado la tarde del 30 de diciembre. El tiempo fue estupendo y al anochecer nos sentamos alrededor del fuego a contemplar las estrellas mientras terminábamos el vino 120 que tanto le gusta.

Durante un día más disfruté de las aguas termales que brotan de las montañas de ese valle, esta vez sin tener que pagar por ello. Muy cerca de la casa de Israel una corriente de agua caliente desciende por la ladera. Muy al principio el agua salía ardiendo.

Pero un poco más abajo el agua estaba estupenda. Y en esta pocilla que se ve yo cabía perfectamente tumbado y mi cuerpo podía absorver todos los minerales que lleva el agua.

El señor Israel insistió en que me quedara la noche de fin de año con él y su esposa. Iban a celebrarlo con un asado de cordero. Los que me conocen saben que la comida es mi debilidad, así que no pude decir que no y retrasé la salida al encuentro arco iris un día. Los hippies podrían esperar ¿no? La noche de fin de año transcurrió con bastante tranquilidad. Hay que decir que a don Israel le gusta el vino y ya por la tarde empezamos a hincar el codo en compañia de lugarenos a los que me costaba entender. Nos acabamos el vino demasiado pronto y tuvimos que ir a por más antes de empezar con la cena. Israel estaba bastante afectado cuando empezo a preparar el fuego donde se cocinaría la carne y su esposa estaba ya dudando si íbamos a comer asado o no. La carne estaba lista a eso de las once (con la excecpcion del trozo que se quemó y el que no se cocinó) y después de la suculenta cena la modorra se adueñó de mi anfitrión y se quedo traspuesto mientras veíamos DVDs de cumbia chilena. Hablé un poco con su esposa, la senora Maria y me fui a dormir bastante temprano y con ganas de subir al lago y ver lo que me esperaba allí el primer día del año.

Israel y María

Uno pensaría que Israel lleva toda su vida en Liquiñe, pero de hecho no es así. Segun el me contó ya de joven ingreso en el ejército, y lo mandaron al sur, donde se construyó la carretera austral, en la época de Pinochet. Estando en el ejército Israel se formó en varios campos, entre otros tomó un curso de paracaidismo. Mas o menos con mi edad dejaría el ejército y se iría a Argentina a trabajar, a Bahía Blanca. Era la epoca Médem, cuando un peso argentino equivalía a un dolar. Pudo hacer mucho dinero y por suerte lo guardó en pesos chilenos, así que no se vió afectado por el corralito. Volvio a Liquiñe, donde vive en el terreno que ha heredado de la familia, al lado de su hermana y sus padres.  Por cierto, la hermana vende panes caseros, masitas y sopaipillas riquísimas. Y viendo que el futuro de la comarca esta en el turismo, ha dejado en segundo lugar su trabajo con la madera (aunque se sigue dedicando a ella en invierno) y en verano se dedica a realizar circuitos turísticos por la zona, a instalar turistas en su pequeño camping o terreno y a realizar pequeñas obras de artesanía.

María, esposa de Israel no desde hace muchos años, aunque se deberían conocer desde hace mucho tiempo, ha tenido que dejar Liquiñe como muchas otras mujeres del pueblo para ir a trabajar a la gran ciudad pues en el pueblo no se puede hacer nada en invierno. Ella en concreto a Santiago. Así pues ella pasa gran parte del año en Santiago trabajando, lejos de su casa y su marido. Y solo por las vacaciones, cuando la nieve se retira del valle vuelve a casa junto a su esposo. Cada año debe acostumbrarse a dejar su hogar y estar lejos de los que quiere.

Aprendiendo a viajar

El día siguiente a haber visitado el pueblo de Niebla, en Valdivia, me desperté sin ganas de hacer nada. Esta vez no había una gran razón, pues a excepción del paseo en bicicleta del día de Nochebuena, no había hecho grandes esfuerzos físicos y no tenía ningún motivo como para estar cansado. Me había ocurrido antes, que llegaban días en los que estaba muy cansado y lo único que quería era estar en el hostal sin hacer mucho, comprar comida rica y cocinarla tranquilamente como hice en Esquel, El bolsón y en Bariloche por ejemplo. En Chiloé cuando estuve en casa de Manolo también me sirvio de bendito descanso.

Estaba empezando a notar esta vez un cansancio psicológico que no sabía muy bien a qué era debido y me sentía en general muy confuso. Todo había empezado cuando me marchaba de Chiloé, donde una gran indecisión se había apoderado de mí. A diferencia de las semanas anteriores, en las que tenía muy claro dónde quería ir y las actividades qué quería hacer, estaba ya en un momento en que todo me daba igual. En Puerto Varas recuperé un poco las ganas, pero en cuanto supe que no valía la pena ir a Lago Ranco, me volví a sentir igual.

Había perdido el interés por hacer caminatas o acampar en parques nacionales pero si me quedaba más días en el hostal sin hacer nada temía sentir que estaba desaprovechando el tiempo. Al menos, mejor que estar en el hostel de Valdivia con el estupendo sol que estaba haciendo esos días podría estar vagueando en un bonito camping al lado de un lago donde pudiera bañarme y tomar el sol. Pero si pensaba a qué lago querría ir la indecisión se apoderaba de mí y las ganas de pensar se desvanecían.

 

Reflexionando sobre cómo me sentía me di cuenta de que había perdido un poco el norte. Este viaje es para mi disfrute y estoy de ¡vacaciones! Por unos días lo había olvidado y me había centrado en todo lo que quería visitar y que no quería perderme antes de mi programado paso por Santiago de Chile, donde los padres de mi amiga Julia me recibirán. No es que hasta ahora no me haya dado cuenta que es muy importante viajar despacio, con tranquilidad y que vale más la pena visitar menos sitios pero visitarlos bien y con el tiempo necesario, pero a veces uno se olvida de estas pequeñas cosas y el deseo de querer conocer muchas cosas pudo con el sentido común. Incluso a ratos se me pasaba por la cabeza que no estaba disfrutando del viaje todo lo que lo podría disfrutar, en cuanto a que podría hacer mías cosas emocionantes o que estaba dejando escapar oportunidades. También ha influido claro está, que llevo ya como dos meses de parque nacional en parque nacional, acampando en campings y en medio de la montaña y en ocasiones caminando más de un día seguido algo a lo que yo no estaba acostumbrado. Y aunque uno disfrute mucho de ello, si se hace en demasía llega a desbordar a uno.

Así que me dije, a la mierda con todo. Estoy de vacaciones, hace un calor y un sol que no lo hay en Alemania. Hay un montón de fruta fresca y buena, a buen precio que tampoco la hay en Alemania. Voy a ir a un sitio a relajarme donde pueda tomar el sol, leer y comer. Y si no veo tal pueblo o tal lago, o ese parque, pues no pasa nada.

 

Con todo este lío en mi cabeza había pasado mi día de descanso en Valdivia y amanecía una nueva mañana en en la ciudad. Yo todavía no tenía claro qué hacer. Me inclinaba por que quería pasar unos días en algún pueblecito a orillas de un lago como Panguipulli, Lican Ray o Villarrica, antes de irme a Pucón, desde donde se pueden visitar un parque nacional espectacular. Sin embargo el destino quiso que hablara con un chico holandés que venía de Liquiñe, un pueblecito cercano a la frontera con Argentina, muy tranquilo, barato y con aguas termales. Así que me dejé llevar y me fui a Liquiñe. ¿Qué me esperaba allá? Algo que me daría la paz interior que en ese momento necesitaba y que me renovaría las energías para continuar con el viaje.