Pingüino mochilero

Relatos de viajes

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Category: Colombia (page 1 of 2)

Llegando a Providencia, auténtico Caribe

Volamos desde Bogotá hasta San Andrés, pues no hay manera de llegar a Providencia que no sea pasando por San Andrés. O al menos que nosotros supiéramos. Volamos con la compañía Vivacolombia, que creo que de alguna manera está relacionada con Ryanair. El proceso de compra era bastante parecido y cuando subimos al avión tuvimos la sensación de subir a un avión de Ryanair de los de antes, si no es que había sido realmente un avión de ryanair.

El viaje eran solo dos horas y mientras viajábamos no podíamos dejar de pensar lo curioso que es vivir en un ciudad eternamente otoñal como Bogotá y que en cualquier momento del año uno pueda coger un avión de una o dos horas y plantarse en el Caribe con 30 grados, ¡en cualquier momento del año! El viaje fue toda una experiencia, la gente gritaba, reclinaba los asientos y bajaban las mesitas en los momentos de aterrizaje y despegue. La persona que tenía delante le daba igual que la azafata le dijera que tenía que poner derecho el asiento, en seguida se iba lo volvía a reclinar para chafar bien mis rodillas que apenas tenían sitio. Y también le dio igual que le hubiera pedido educadamente que lo subiera que me hacían daño las rodillas. En los dos meses siguientes volaría varias veces dentro de Colombia, pero un viaje así solo lo viví esa vez. Incluso cuando luego volaríamos a la vuelta desde San Andrés a Santa Marta el tipo de pasajero era completamente diferente. Vivacolombia nos brindaba el chonismo colombiano de Bogotá puro y duro y realmente no hay mucha diferencia conlos chonis de españoles o alemanes.

Llegamos a San Andrés y desde el mismo areopuerto llegamos caminando hasta la pensión en quince minutos, que más o menos estaba en el centro. No podíamos hacer mucho pues era ya muy tarde y a la mañana siguiente teníamos que tomar el catamarán a las 6. Buscamos algo de comer, dormimos (para mí era una verdadera gozadica dormir en calzoncillos y a pierna suelta después de meses durmiendo siempre con mantas y cubiertas) y madrugamos y para llegar al catamarán.

Habíamos leído que el catamarán se iba a mover mucho y que había que tomar pastillas para el mareo. De hecho yo traía ya desde Madrid. Con la entrada nos daban agua y pastillita, y nos dijeron que la tomaramos antes y en ayunas. Madre mía que viaje, que largas tres horas y media. Entramos en el catamarán después de que la policía nos registrara el equipaje. Dentro había una televisión y pusieron la serie de Lost, para meter a los pasajeros ya en el mood de isla paradisiaca y perdida en el mar. El catamarán arrancó y empezó a chocar contra las olas. Nunca había estado en una barca que se moviera tanto. La mari aka Noelia empezó a gritar presa del pánico “Maricooooooón!!!!” sin acordarse que allí le entiende todo el mundo, no como en Berlín.

Yo estuve todo el tiempo con los ojos cerrados. Hubo algunas personas que empezaron a vomitar (y yo sabía que si empieza a vomitar luego no se para en todo el viaje). En cierto momento en medio del viaje,  tuve que ir al baño. En los diez segundos que me costó llegar y en los que si no me agarraba fuerte mi cabeza hubiera dado contra el techo, ya me mareé y estuve a punto de potar. No sé como ocurrió pero pude mear, y pude volver a mi sitio para cerrar los ojos.

Pero al final nos vimos recompensados al encontrarnos con esto:

Llegada a Bogotá

Dejé Berlín a mitad de Marzo pero antes de volar para Colombia pasé unos días con Natacha en Sevilla. Amiga que no veía desde hace mucho y ciudad que no visitaba en mucho tiempo. Las últimas veces había sido por trabajo. Disfruté del sol, de buena comida y de estupenda compañía y desde Sevilla fui a Madrid para embarcarme en un vuelo directo a Bogotá.

Llegué a Bogotá de noche y Sara estaba esperándome para recogerme.En su coche nos fuimos para su casa. Sólo podría estar con Sara un par de horas pues ella tenía que madrugar al día siguiente para ir de nuevo al aeropuerto y viajar por motivos de trabajo. Cuando estuve en su coche quedé impresionado de nuevo por lo grande que es la ciudad y las distancias entre un lugar a otro. Era de noche y apenas había tráfico  y conduciendo por carreteresa en línea recta sin apenas semáforos nos llevo más de media hora llegar a la ciudad. Y el aeropuerto no es que esté apartado para nada. Luego ya me acostumbraría de nuevo a las distancias y a calcular casi una hora de recorrido al aeropuerto moviéndome en taxi o en uber.

Después de habernos actualizado en nuestras vidas nos fuimos a la cama aunque yo prácticamente no dormí nada, pues a las cuatro de la mañana estaba ya despierto. Tenía un día para pasear por la ciudad, pues por la noche llegaba mi buena amiga Noelia desde Berlín, con quien iba a viajar durante las tres próximas semanas.

En mi primera mañana en Bogotá, cogí el transmilenio y me fui al centro, para pasear y buscar una tarjeta sim para el móvil. Al final escogería Movistar. Luego descubriría que en lugares remotos funcionaba solo una compañía, o Claro o Movistar. En la isla de Providencia Claro no funcionaba pero Movistar sí. En Leticia en el Amazonas era al revés. Volví a recorrer las calles que cinco años antes había paseado con Sara y Nicola, vi el restaurante en el que habíamos probado un ajiaco buenísimo y me tomé mi primer jugo de frutas y emapanada. ¡Qué rico sabían los jugos!

Después de pasearme por el centro fui a recoger a Noelia al aeropuerto y de allí de vuelta a Cedritos, el barrio donde vive Sara. Sara sin embaro ya no estaba y no se pudo ver con Noelia. Esa noche nos tocó comernos nuestras primeras arepas.

Al día siguiente salíamos por la noche en avión hacia San Andrés para ir después a la isla de Providencia. Pero todavía teníamos la mañana y la tarde para hacer algo. Queríamos empezar bien el día por lo que fuimos a desayunar a Usuquén al restaurante/ cafetería Abasto. Todo muy rico y muy bueno. Estupendo café, mermeladas caseras y tenían unos platos del día que no probé pero que sólo de leerlos se me caía la baba.

Paseamos por Usuquén, la plaza que estaba muy tranquila al ser entre semana y luego compramos unas cuantas cosas que necesitábamos en el centro comercial de Usuquén. Nosotros que no estamos acostumbrados a los centros comerciales grandes nos perdíamos literalmente allí y más de una vez.

El encuentro con Bogotá fue una mezcla de bonitos recuerdos y ganas de conocerla más. Desde el primer momento he sentido que la ciudad respira mucha vida y que ofrece muchas actividades y posibilidades. Llegaba a Colombia con ganas de conocer gente, lugares y conocer más de la cultura colombiana. Bogotá recibe con sus rascacielos del centro, bloques de apartamentos de ladrillo y un cielo gris, pero sabía que si rascaba un poco iba a descubrir cosas bien interesantes.

 

 

De nuevo con la mochila

Cinco años debían de pasar para que volviera a pisar América del Sur. Cinco años en Berlín trabajando y pasando por muchos cambios personales y profesionales. Cinco años sin grandes viajes, más que nada escapaditas por Europa, visitas a España  y con la única excepción de un viaje a México por tres semanas que me gustaría relatar también después del viaje que aquí se trata.

Durante este tiempo mis memorias del viaje siempre estuvieron vivas y las fotos han sido siempre mi salvapantallas del ordenador. La experiencia me ha dejado recuerdos de cuáles eran mis anhelos con veintiseis años, qué buscaba y qué esperaba encontrar viajando, qué es lo que encontré y lo que no encontré. Al final probablement me pasaba lo que les pasara a muchos, que necesitaba tomar distancia del lugar en el que estaba y de lo que estaba haciendo, para poder volver y apreciar de nuevo lo que tenía y lo que había dejado en Berlín.

Pasaron así los seis años y cuando me quedé sin trabajo a principios del 2017 sentí de nuevo las ganas de salir de aquí, de tomar distancia de todo, intentando encontrar un espacio que me permitiera reflexionar un poco. O más que reflexionar, que me limpiara por dentro para regresar y poder empezar a pensar que quiero hacer después. A parte de esto necesitaba también algo de aventura, ponerme las botas y la mochila y ponerme a caminar por paisajes que no hubiera visto antes, sentir de cerca el bosque y una  naturaleza mucho más salvaje que la que tenemos aquí, conocer otras personas, probar comidas diferentes y estar en un lugar donde haya más sol y calor.

Me salió de nuevo la oportunidad de coger la mochila y sacar a pasear el pingüino que llevo dentro. Y en mi mente tenía dos posibles destinos. México, donde estuve tres semanas a finales del 2016 o Colombia. El país que había sido la última etapa en el viaje se me había quedado dentro. Siempre pensé que era un país que tenía que volver a visitar, que tenía que conocer mejor. El verde del paisaje, el mar Caribe, los Andes, los patacones y los jugos y la buena onda de la gente eran las razones por las que nunca me había quitado el país de la cabeza. Así que decidí volver a Colombia. Uno porque México ya lo había visitado recientemente; segundo porque así me quitaba la espinita que había tenido durante los últimos años y tercero porque Colombia ofrecía todo lo que quería: Caribe, alta montaña y Amazonas.

Adiós Bogotá, adiós Sudamérica

 

El 13 de junio del 2012 Nicola y yo tomamos el avión de Bogotá a Madrid. Un recorrido por gran parte de Sudamérica que había empezado en Buenos Aires llegaba a su fin. Han sido cuatro meses para Nicola y ocho meses y medio para mí totalmente inolvidables. Y aunque aquí he escrito un poco lo que hemos vivido, ha sido imposible poner el palabras el alcance emocional que ha tenido esta experiencia para nosotros. Todo lo que hemos visto, olido, probado, sentido y experimenado sigue estando en nuestro recuerdo y será la razón por la que un día volveremos a este continente que a mi me ha fasciando y tiene tanto que enseñarnos. Muchas gracias de corazón a todos los que nos habéis ayudado y habéis hecho que nuestro viaje haya sido una experiencia inolvidable.

Y para terminar la crónica del viaje, una canción del grupo Calle 13 con un emotivo texto y un video espectacular.

 

Última parada: Bogotá

Volvimos a Santa Marta, disfrutamos de una espléndida langosta al horno con bechamel y nos estábamos subiendo a un bus directo a Bogotá, casi veinte horas de viaje.

Y tras ver como algunos colombianos desayunaban sopa con carne llegamos a esta gran metrópoli que nos ha sorprendido tan gratamente. Ha sido como ese rico caramelo tras una buena comida. Y sin duda han contribuido a ello Sara y su madre que nos han recibido en su casa magníficamente y nos han mostrado su ciudad y su gastronomía. Bogotá, como casi todas las ciudades colombianas se caracteriza por tener una estación del año permanentemente. Medellín es la ciudad de la eterna primavera, en Cali y en el Caribe es siempre verano y en Bogotá es siempre otoño. No hace calor ni hace mucho frío. Siempre hay que ir con una chaquetilla pero ya sabes que no vas a sudar y tampoco que te vas acabar helando al no ser que salgas a las cinco de la mañana.

El tiempo fue breve pero dio para conocer el centro de la ciudad y los barrios más bohemios de La Candelaria y La Magdalena, donde se pueden encontrar cafés y bares modernillos. Se ve que el centro está lleno de estudiantes y por lo tanto también hay lugares en los que comer barato, librerías y mucho ambiente por la calle.

También nos animamos a subir a pie la montaña de Montserrate. Tras una durísima subida de una hora llegamos al mirador desde donde se puede observar toda la ciudad pues esta está rodeada de montañas tanto al oeste como al sur.

Desde allí arriba se podía observar lo grande que es la ciudad y como se extienden los barrios más allá de lo que alcanza la vista.

Los paseos nos dieron la oportunidad de probar las hormigas culeras. Unas hormigas con el culo muy gordo, típicas de Santander que se comen fritas. A mí no me gustaron pero a Nicola le encantaron y al final se comió el todo el paquete.

O para encontrarnos con una grabación de una posible película de época.

Al final nos dio penita no haber podido estar más tiempo en Bogotá, haber probado algo más de su extensa gastronomía como de los tamales o el ajiaco o haber salido un fin de semana de rumba. Sí que pudimos ver un poco la noche, ya que fuimos a una fiesta funky latina donde pudimos comprobar lo bien que bailan los colombianos y que es totalmente cierto que tienen la salsa en la sangre, o nacen con ella o si no yo no me explico como bailaban todos tan bien. Nicola y yo nos animamos un poco al principio a probar pero al final estábamos ya sentados en el sofa mirando atónitos a todo el mundo cada vez que pinchaban algo de salsa.

En todo caso Bogotá nos ha dado la misma impresión que el resto de Colombia, un lugar de gente maravillosa al que nos gustaría volver para poder disfrutar de todas las cosas que esta ciudad y país tienen que ofrecer y que todavía no hemos conocido.

El Parque Tayrona, casi el paraíso

Cuando volví de la Ciudad Perdida a Santa Marta Nicola ya había vuelto de Cartagena. La ciudad de Santa Marta no tiene mucho atractivo a nuestros ojos y las playas son sucias y poco agradables para bañarse. Está el pueblecito pesquero de Taganga a muy poca distancia, un foco de viajeros y mochileros, como Montañita en Ecuador. Sin embargo Taganca ha cambiado mucho en los últimos años y ya no es el lugar atractivo que era. La playa y el agua están sucias, no solamente en Taganga si no también en Playa Grande y nos habían dicho en más de una ocasión que se estaba volviendo algo peligroso, aunque no hemos conocido a nadie que le haya ocurrido algo. Yo no estuve en Playa Grande ni en Taganga como era mi intención pero al volver de la excursión Nicola ya se había acercado y volvió bastante decepcionado. En general he tenido la percepción de Colombia que hay un servicio turístico de calidad pero que la administración no trabaja en consonancia y permiten que maravillosos lugares que podrían tener bien acondicionados son dejados al abandono y a la decadencia. Una penita muy grande.

Ya sólo nos quedaba por visitar uno de los mayores atractivos de la costa caribeña colombiana y lo que ha sido uno de los mejores lugares por los que hemos pasado: El Parque Nacional Tayrona. Un parque que se encuentra en frente a la Sierra de Santa Marta y que alberga algunas de las mejores playas del país. Es posible quedarse a dormir allí en alguno de los campings, bien en tienda de campaña o bien en hamaca y no es exageración decir que el paisaje allí es de infarto.

Por el camino es bastante fácil ver animales como monos o micos como dicen los colombianos, serpientes, un animal extraño que nosotros definíamos como capivara aunque no lo son pues están sólo en la amazonia y muchos pájaros. Se pueden ver aves como tucanes aunque nosotros no vimos ninguno. El parque está lleno de cocoteros y los campings tienen árboles de mango y aguacate, que nosotros nos servíamos gratuitamente para desayunar.

Pudimos quedarnos en este maravilloso lugar por cinco días. El tiempo apremiaba y ya quedaba poco más de una semana para coger el avión de regreso y todavía teníamos que ver Bogotá. Pasamos una noche en el camping de Arrecifes, con muy buena atmósfera y un poco lejos de la playa. Es más barato que el otro camping en Cabo San Juan del Guía, pero este disfruta de la mejor localización. Y allí las playas son increibles y uno siente que merece la pena pagar más por estar allí. Cuando llegamos allí la segunda noche decidimos no volver a Arrecife y quedarnos allí el resto del tiempo. Lo único malo es que sólo hay un restaurante donde el servicio no es muy bueno ni la calidad de la comida corresponde con los precios. Pero el lugar todo lo compensa, y aunque dieran sólo patatas cocidas.

Yo lo definí como el paraíso, el mejor lugar donde podíamos culminar un viaje tan largo e intenso, pero Nicola dijo que para que fuera el paraíso la comida tendría que ser gratis.

Lo Struzzo di Cartagena

Puesto que yo me fui a la Ciudad Perdida sólo y Nicola se quedó en Cartagena unos días, he invitado a Nicola a escribir un post en italiano también en honor a todos los seguidores italianos del blog. ¿Qué hizo mientras yo me dejaba las piernas en la montaña? El lo cuenta.

E mentre l’avventuriero Jesús si destreggiava tra tribù Arsarios, Kancuamos e Koguis, l’ impavido Nicola rimaneva a Cartagena a combattere contro un nemico molto, ma molto, ma molto più grande:

I 40° CHE PER VENTIQUATTRO ORE AL GIORNO PIEGANO LA CITTA’.

Ammetto che magari una affermazione del genere potrà sembrare esagerata, ma in questo caso vi assicuro che non lo è. Le strade di Cartagena sono torride e afose, i suoi abitanti resi senza energia passano gran parte del giorno a ripararsi dal sole assassino con conseguente stile di vita lento e senza fretta (cosa che per me, abituato al modus operandi napoletano, non è stata così difficile da accettare).Tuttavia il fascino particolare e decadente della città è strettamente legato proprio al fattore climatico: le antiche case di Getsemaní  si sviluppano tutte attorno a un grande patio centrale, dotato di tavolo, sedie e persino televisione all’aperto (tanto non piove mai) e la rilassatezza dei cartagenesi stremati dal calore diventa così una filosofia di vita per affrontare non solo la quotidianità ma anche la loro stessa esistenza.

Dopo questo presupposto socioambientale, capirete perchè nei cinque giorni che sono rimasto al Mama Waldy Hostel le mie attività turistiche si siano ridotte veramente all’osso: un paio di brevi passeggiate nel centro storico e un tentativo (rapidamente abbandonato) di visitare l’antica fortezza della città sono le attività più dinamiche che mi vengono in mente.Al contrario, mi sono goduto l’ambiente familiare dell’ostello e la piacevole compagnia dei miei momentanei coinquilini e del proprietario Germán; giacchè condividiamo la passione per l’illustrazione, dopo aver visto il mio quaderno di schizzi quest’ultimo mi ha proposto di fare un disegno su una delle pareti dell’ostello: dopo due giorni armato di pennelli e ventilatore, finalmente “è nat’ a criatur” che spero rimarrà per qualche tempo a ricordo del nostro passaggio per quella gran bella città che è per me Cartagena (e che chissà, che magari rivedrò dal vivo entro qualche annetto!)

Approfitto del mio piccolo spazio di Special Guest Writer per ringraziare tutti i lettori italiani del blog, che nonostante la barriera della lingua hanno seguito per tutti questi mesi i racconti di questo viaggio, che confermo essere stato una esperienza unica e speciale che per certi versi mi ha aperto la mente e mi ha cambiato molto.Suggerisco a tutti voi, se tra un impegno e l’altro ne avrete modo, di partire all’avventura almeno una volta nella vita per poter intendere in prima persona il vero senso della parola viaggiare, giacchè la maggior parte delle sensazioni che ho provato sono impossibili da descrivere a parole.Ciò che invece posso dire con sicurezza è che non smetterò mai ringraziare Jesús per aver fatto nascere in me il desiderio di seguirlo e per aver accettato di condidere una esperienza tanto personale con me, perchè non avrei potuto avere persona migliore con cui vivere uno dei ricordi più belli della mia vita.
Mancanza di cucina italiana a parte, ovviamente.
Nicola

La ciudad perdida de los Tayronas

Tras Playa Blanca yo me fui a Santa Marta desde donde iba a organizar el trecking de cinco días a Teyuna, la ciudad perdida de los tayronas. Suponía una larga caminata en condiciones no muy cómodas por lo que Nicola prefirió quedarse unos días en Cartagena y venir un poco más tarde a Santa Marta a esperarme.

Llegué el martes al mediodía a la caliente Santa Marta aunque aquí el calor se lleva mucho mejor y acabe en el hostal El noctámbulo que me habían recomendado en el Mama Waldy, un pequeño hostal muy acogedor y cómodo donde ayudan mucho a los viajeros. No tuve mucho tiempo de ver la ciudad pues contrate la excursión para el día siguiente (no es posible hacerlo sin guía) y me tuve que pelear con los cajeros de la ciudad y comprar algunas cosas. Que susto me llevé, hasta el tercer cajero no pude sacar todo el dinero que necesitaba.

Los tayronas

Los tayronas eran un pueblo que vivían cerca de lo que es hoy la ciudad de Santa Marta y el Parque Tayrona. Eran un pueblo poco guerrero, más bien pacífico y cuando sus vecinos se hicieron hostiles se retiraron a las montañas, a la sierra de Santa Marta. Allí levantaron ciudades y desarrollaron una cultura particular en la que la astronomía era un punto clave. Las sociedades de sus asentamientos eran ciertamente complejas, disponían de buenos artesanos y les gustaba el comercio. Hacia el siglo XIV el entorno se hizo más pacífico y pudieron volver a la costa. Ya no faltaba mucho para que llegaran los españoles, lo cual cambiaría su evolución como pueblo al igual que para otros tantos pueblos nativos. El contacto con los españoles les proporcionó mucho mejores herramientas, así como ganado, mejores semillas para sembrar y en general otras facilidades que mejorarían su calidad de vida. Poco a poco fueron abandonando los asentamientos en las montañas dejando en el olvido los vestigios de una cultura de la que hoy muy poco se sabe y que a los ojos de los que hagan esta excursión resultará fascinante.

Actualmente todavía comunidades indígenas viven fieles en lo que pueden a su vida tradicional. Entre ellos están los Arsarios, los Kancuamos y los Koguis, que son los más cercanos a los tayronas. Se les puede conocer durante el trayecto de tres días que supone llegar a la ciudad perdida. No se acercan mucho a los turistas aunque ellos son una fuente de ingresos para sus comunidades, de allí que ellos tengan como parte de su actividad mantener los caminos y gestionar los refugios para los visitantes. Algunos niños son más atrevidos y se acercan para pedir alguna cosa o simplemente para saludar. Es muy difícil distinguir los niños de las niñas, pues todos visten túnica blanca y llevan el pelo largo. Cada vez es más complicado para estas comunidades pervivir en un mundo globalizado como el nuestro, y es difícil saber cuánto de bien hace la llegada del turismo, pero esto es un tema complicado con el que se podrían llenar muchos posts.

Teyuna, la ciudad perdida

En la década de los 70 unos buscadores de tesoro dieron con un muro en la vereda de un río que les llevo hasta unas escaleras en la montaña. Arriba en la montaña estaba la ciudad de Teyuna sepultada bajo la tierra, pero eso no impidió que no encontraran tesoros de gran valor arqueológico. Pudieron hacer dinero con ello pero al mismo tiempo atrajeron la atención de más gente en búsqueda de tesoros. Al final lo que es hoy el sitio arqueológico se convirtió en una película de acción en la que estaba implicado también el narcotráfico pues se cultivaba mucha marihuana en la región por ese entonces. La muerte de una persona provocó ya una denuncia y la aparición de la policía y del ejército. Desde entonces arqueólogos e investigadores han estado trabajando y en los años ochenta ya estaba abierto al público. Sin embargo hasta no hace muchos años no era un lugar muy seguro pues el último secuestro se produjo en el 2003. Desde entonces la presencia del ejército es constante y está allí para velar por la seguridad de los que visitan las ruinas.

Se presume que al igual que Teyuna, hay muchísimos más asentamientos tayronas enterrados en las montañas de Santa Marta y probablemente más grandes e importantes. Sin embargo estos lugares son sagrados para los indígenas que viven en la sierra, pues son también cementerios, ya que los tayronas enterraban a su familiares bajo las casas. Cada vez que se sucedía un entierro, elevaban un nivel la casa, de manera que cada nivel sobre el que se asentaba la casa era un tumba. Por esa razón no se buscan más asentamientos por el momento.

Cómo llegar a la Ciudad Perdida

Como comentaba al principio no es posible hacerlo por cuenta propia y uno no tiene más remedio que dirigirse a una de las agencias que hay en Santa Marta o en Taganga. La actividad consiste en cinco días de trecking a través de la sierra. Se va con un guía y cocineros, en nuestro caso eramos sólo tres por lo que no hacía falta cocinero para tan poca gente. Hay varios campamentos a lo largo del camino donde se está bastante cómodo. Se duerme en algunos en hamaca y en otros en cama, siempre con mosquitera. Excepto el primero, ninguno tiene electricidad pero todos están al lado del río y uno puede ducharse o bañarse directamente en algunas de las múltiples pozas.

Los guías son muy simpáticos y agradables, saben de lo que hablan y se les puede hacer muchas preguntas, además la comida que se prepara en los campamentos está muy rica. Igualmente se coincide con otros grupos por la noche con los que se puede socializar y echar unos juegos de cartas.

El camino no entraña muchas dificultades. Nosotros tuvimos suerte y como no llovió por las mañanas (¡por las tardes siempre llueve!) el camino no estaba embarrado. Además han hecho muchos trabajos y han cementado tramos complicados y han construido un puente donde antes había que cruzar el río por la cintura. Había conocido gente que lo había hecho tiempo atrás y me habían dicho que era una verdadera aventura. Ahora realmente ha perdido esa noción de aventura pues es todo bastante seguro y no entraña ninguna dificultad cuando estoy seguro que unos años atrás podría llegar a ser realmente peligroso con mucha lluvia.

El clima es siempre de mucho calor y de estar sudando desde el primer segundo que te colocas la mochila al hombro. Puede llover y te empapas todo, pero sigue haciendo calor, especialmente el primer día antes de llegar al bosque húmedo. Por suerte no hay que llevar mucho peso pues la comida te la preparan allí e igualmente te dan agua purificada con pastillas. Hay quien dice haber visto monos, yo no vi ningunos aunque sí que vi muchos pájaros y otros animalillos comunes del bosque como nutrias, ardillas y escorpiones.

Tras tres días caminando por la selva se llega al último refugio . Desde allí se divisa ya la montaña que esconde la Ciudad Perdida.

Al cuarto día se levanta uno bien temprano para poder visitar las ruinas antes de que caigan las lluvias de la tarde. Se suben los más de 1.000 escalones que llevan hasta ella y se obtiene la recompensa a tres días de esfuerzo. Las ruinas de Teyuna.

Cuando uno llega allí siente lo especial que es el lugar, lo mágico del hecho de que allí hubiera una cultura totalmente ajena a nosotros, que no podremos entender y de la que apenas nada sabremos. Y allí está su vestigio, en medio de la selva y de las montañas, para nuestra contemplación.

Y toca volverse a casa. El cuarto y el quinto día son para volver por el mismo camino al calor asfixiante de Santa Marta, pero esta vez con mucho cansancio encima, la ropa hecha una mierda y una mochila apestosa de sudor al hombro.

 

Playa blanca, en la isla de Barú

Estábamos en Cartagena y no podían pasar unos días sin ir a la playa. Pero las playas de Cartagena no es que sean las playas que uno se imagina cuando piensa en el Caribe, había que moverse un poco. Queríamos ir a Playa Blanca en la isla de Barú, que formar parte del archipiélago de las Islas del Rosario.

Playa Blanca ha sufrido una gran transformación en los últimos años. Ha pasado de ser un lugar poco conocido y poco explotado a uno de los mayores atractivos turísticos de Cartagena. Por suerte, la mayoría de los turistas paran allí un par de horas, como parte de un tour en barco que los deja al mediodía para comer y bañarse. Todavía no hay grandes servicios pues no llega la luz ni el suministro de agua y eso quizás la salve un poco, aunque ya desde la playa se divisan grandes resorts a poca distancia, y van más en camino. Alojamientos hay pocos pero ya esta lleno de restaurantes que sirven almuerzos a precios bastante caros. A estas horas del mediodía lo mejor que uno puede hacer es retirarse a dormir una siesta o irse a la parte más alejada donde hay chiringuitos y todavía se puede estar tranquilo.

Si todavía merece la pena ir a esta playa es por los momentos que uno puede disfrutar por la mañana temprano y al atardecer, cuando la playa está casi vacía y se puede disfrutar casi como se disfrutaba hace unos veinte años, cuando sólo estaba el restaurante y alojamiento de Mamma Ruth. Alojamiento entre comillas pues lo que ofrecen son unas hamacas a pie de playa. No hay muchas comodidades pero pero cuando uno se despierta sólo tiene que andar unos metros y ya estás en el agua calentita y cristalina. Y por suerte este alojamiento está un poco más apartado y lejano de las marabuntas, por lo que incluso al mediodía se puede estar un poco más tranquilo

Y es que por la mañana el agua está super tranquila, apenas hay olas y se ven muchos pececitos alrededor de los pies. Todavía no han llegado los barcos ni los vendedores ambulantes. El agua es azul turquesa y tienes toda la calma del paisaje para ti mismo.

 

Por la tarde sucede el mismo momento mágico de la mañana. Los turistas se han retirado y los trabajadores locales aprovechan un momento de descanso antes de que llegue la hora de cocinar las cenas para relajarse y tomar un baño. Las gentes cambian y la atmósfera también. El agua están bien calentita, como si fuera la de una bañera.

Y por la noche llega el momento mágico. Bañarse a la luz de la luna en Playa Blanca es un momento inolvidable. Además el plancton del agua crea un efecto mágico, pues al mover el agua se crea un efecto de luz que sigue a tus extremidades en movimiento como una estela. Pero de eso sí que no se puede sacar fotos.

¡Objetivo cumplido!

Mi objetivo del viaje incluía ya la idea de recorrer el continente sudamericano de sur a norte. Desde Buenos Aires partí a uno de los puntos más australes del mundo, a Ushuaia en la Tierra del Fuego. Y desde allí he conseguido llegar hasta el punto opuesto, al mar Caribe con sus aguas paradisiacas y cargadas de historias de bárbaros conquistadores españoles, expólios a pueblos indígenas y románticas historias de piratas. Un trayecto que me ha llevador alrededor de seis meses: mucho tiempo pero al mismo tiempo nada comparado con lo que se necesitaría para conocer los países andinos que forman el continente. El viaje lo empecé sólo pero he llegado al final acompañado. Y aunque en un principio fue una idea sólo mía los sueños e ilusiones son mucho más bonitas y llenan más cuando se comparten con una persona tan importante.


Cartagena de Indias

Llegar a la costa caribeña supone empaparse de colores, de un ritmo de vida totalmente diferente al del interior  y sobre todo de muchísimo calor. La humedad en esta parte del Caribe es muy alta por lo que nosotros nos sentíamos totalmente anulados hasta el final de la tarde, cuando ya nos sentíamos capaces de salir del hostal e ir a pasear por la ciudad vieja.

Nosotros llegamos al hostal Mama Waldy, un hostal bastante nuevo en el barrio de Getsemaní llevado por Germán y su familia. Son muy simpáticos y muy hospitalarios, y a uno le entran ganas de quedarse más tiempo por el buen rollo y la familiaridad que se respira en el hostal. El barrio donde se situa forma parte del casco histórico de Cartagena, aunque está fuera de la zona restaurada. Hasta hace unos años era un barrio peligroso aunque ya ha dejado de serlo gracias a la gran presencia de hostales y pequeños restaurantes. Y todavía se puede ver vida de barrio en el lugar, algo que se ha perdido totalmente en la parte colonial restaurada.

La parte colonial no nos gustó mucho pues nos ha resultado bastante impersonal. Está llena de hoteles y restaurantes caros, las artesanías también están infladas de precios y las tiendas de marcas de lujo tienen una gran presencia. Es muy bonito pasear y perderse, especialmente al atardecer y principio de la noche, cuando la gente disfruta de sus plazas y las terrazas de los restaurantes están llenas. Sin embargo, a nuestro parecer esta joya colonial no ha dado tanto como esperábamos.

Cartagena tiene otro lado, la que nosotros bautizamos como Miami beach. Y es que cerca de la parte colonial, hay una península que da a la bahía llena de edificios horribles de apartamentos y hoteles de dudoso gusto arquitectónico. Y encima la playa allí no es que sea muy bonita y limpia. Nosotros lo visitamos de paso, pero vamos que no se nos había perdido nada allí.

Sin embargo, por estas palabras podría parecer que Cartagena no nos has gustado mucho, todo lo contrario. Lo que nos cautivó de Cartagena no han sido sus “atractivos turísticos” si no su gente, la simpatía, el ritmo de vida tropical que se respira. Hay una magia allí que te atrapa. A mí solamente me sacó las ganas de ir a la montaña en la sierra de Santa Marta pero Nicola se quedó unos días más para un proyecto artístico. La verdad es que el podría decir mucho más de la ciudad, a ver si lo convenzo para que escriba algo.