Pingüino mochilero

Relatos de viajes

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Llegando a Providencia, auténtico Caribe

Volamos desde Bogotá hasta San Andrés, pues no hay manera de llegar a Providencia que no sea pasando por San Andrés. O al menos que nosotros supiéramos. Volamos con la compañía Vivacolombia, que creo que de alguna manera está relacionada con Ryanair. El proceso de compra era bastante parecido y cuando subimos al avión tuvimos la sensación de subir a un avión de Ryanair de los de antes, si no es que había sido realmente un avión de ryanair.

El viaje eran solo dos horas y mientras viajábamos no podíamos dejar de pensar lo curioso que es vivir en un ciudad eternamente otoñal como Bogotá y que en cualquier momento del año uno pueda coger un avión de una o dos horas y plantarse en el Caribe con 30 grados, ¡en cualquier momento del año! El viaje fue toda una experiencia, la gente gritaba, reclinaba los asientos y bajaban las mesitas en los momentos de aterrizaje y despegue. La persona que tenía delante le daba igual que la azafata le dijera que tenía que poner derecho el asiento, en seguida se iba lo volvía a reclinar para chafar bien mis rodillas que apenas tenían sitio. Y también le dio igual que le hubiera pedido educadamente que lo subiera que me hacían daño las rodillas. En los dos meses siguientes volaría varias veces dentro de Colombia, pero un viaje así solo lo viví esa vez. Incluso cuando luego volaríamos a la vuelta desde San Andrés a Santa Marta el tipo de pasajero era completamente diferente. Vivacolombia nos brindaba el chonismo colombiano de Bogotá puro y duro y realmente no hay mucha diferencia conlos chonis de españoles o alemanes.

Llegamos a San Andrés y desde el mismo areopuerto llegamos caminando hasta la pensión en quince minutos, que más o menos estaba en el centro. No podíamos hacer mucho pues era ya muy tarde y a la mañana siguiente teníamos que tomar el catamarán a las 6. Buscamos algo de comer, dormimos (para mí era una verdadera gozadica dormir en calzoncillos y a pierna suelta después de meses durmiendo siempre con mantas y cubiertas) y madrugamos y para llegar al catamarán.

Habíamos leído que el catamarán se iba a mover mucho y que había que tomar pastillas para el mareo. De hecho yo traía ya desde Madrid. Con la entrada nos daban agua y pastillita, y nos dijeron que la tomaramos antes y en ayunas. Madre mía que viaje, que largas tres horas y media. Entramos en el catamarán después de que la policía nos registrara el equipaje. Dentro había una televisión y pusieron la serie de Lost, para meter a los pasajeros ya en el mood de isla paradisiaca y perdida en el mar. El catamarán arrancó y empezó a chocar contra las olas. Nunca había estado en una barca que se moviera tanto. La mari aka Noelia empezó a gritar presa del pánico “Maricooooooón!!!!” sin acordarse que allí le entiende todo el mundo, no como en Berlín.

Yo estuve todo el tiempo con los ojos cerrados. Hubo algunas personas que empezaron a vomitar (y yo sabía que si empieza a vomitar luego no se para en todo el viaje). En cierto momento en medio del viaje,  tuve que ir al baño. En los diez segundos que me costó llegar y en los que si no me agarraba fuerte mi cabeza hubiera dado contra el techo, ya me mareé y estuve a punto de potar. No sé como ocurrió pero pude mear, y pude volver a mi sitio para cerrar los ojos.

Pero al final nos vimos recompensados al encontrarnos con esto:

Llegada a Bogotá

Dejé Berlín a mitad de Marzo pero antes de volar para Colombia pasé unos días con Natacha en Sevilla. Amiga que no veía desde hace mucho y ciudad que no visitaba en mucho tiempo. Las últimas veces había sido por trabajo. Disfruté del sol, de buena comida y de estupenda compañía y desde Sevilla fui a Madrid para embarcarme en un vuelo directo a Bogotá.

Llegué a Bogotá de noche y Sara estaba esperándome para recogerme.En su coche nos fuimos para su casa. Sólo podría estar con Sara un par de horas pues ella tenía que madrugar al día siguiente para ir de nuevo al aeropuerto y viajar por motivos de trabajo. Cuando estuve en su coche quedé impresionado de nuevo por lo grande que es la ciudad y las distancias entre un lugar a otro. Era de noche y apenas había tráfico  y conduciendo por carreteresa en línea recta sin apenas semáforos nos llevo más de media hora llegar a la ciudad. Y el aeropuerto no es que esté apartado para nada. Luego ya me acostumbraría de nuevo a las distancias y a calcular casi una hora de recorrido al aeropuerto moviéndome en taxi o en uber.

Después de habernos actualizado en nuestras vidas nos fuimos a la cama aunque yo prácticamente no dormí nada, pues a las cuatro de la mañana estaba ya despierto. Tenía un día para pasear por la ciudad, pues por la noche llegaba mi buena amiga Noelia desde Berlín, con quien iba a viajar durante las tres próximas semanas.

En mi primera mañana en Bogotá, cogí el transmilenio y me fui al centro, para pasear y buscar una tarjeta sim para el móvil. Al final escogería Movistar. Luego descubriría que en lugares remotos funcionaba solo una compañía, o Claro o Movistar. En la isla de Providencia Claro no funcionaba pero Movistar sí. En Leticia en el Amazonas era al revés. Volví a recorrer las calles que cinco años antes había paseado con Sara y Nicola, vi el restaurante en el que habíamos probado un ajiaco buenísimo y me tomé mi primer jugo de frutas y emapanada. ¡Qué rico sabían los jugos!

Después de pasearme por el centro fui a recoger a Noelia al aeropuerto y de allí de vuelta a Cedritos, el barrio donde vive Sara. Sara sin embaro ya no estaba y no se pudo ver con Noelia. Esa noche nos tocó comernos nuestras primeras arepas.

Al día siguiente salíamos por la noche en avión hacia San Andrés para ir después a la isla de Providencia. Pero todavía teníamos la mañana y la tarde para hacer algo. Queríamos empezar bien el día por lo que fuimos a desayunar a Usuquén al restaurante/ cafetería Abasto. Todo muy rico y muy bueno. Estupendo café, mermeladas caseras y tenían unos platos del día que no probé pero que sólo de leerlos se me caía la baba.

Paseamos por Usuquén, la plaza que estaba muy tranquila al ser entre semana y luego compramos unas cuantas cosas que necesitábamos en el centro comercial de Usuquén. Nosotros que no estamos acostumbrados a los centros comerciales grandes nos perdíamos literalmente allí y más de una vez.

El encuentro con Bogotá fue una mezcla de bonitos recuerdos y ganas de conocerla más. Desde el primer momento he sentido que la ciudad respira mucha vida y que ofrece muchas actividades y posibilidades. Llegaba a Colombia con ganas de conocer gente, lugares y conocer más de la cultura colombiana. Bogotá recibe con sus rascacielos del centro, bloques de apartamentos de ladrillo y un cielo gris, pero sabía que si rascaba un poco iba a descubrir cosas bien interesantes.

 

 

Salerno II

En el tiempo que estuve en Italia hay que decir que no todo fue playa. Hubo un pequeñito lugar para la cultura. En el camino de Agropoli a Salerno pudimos parar en Paestum, una antigua ciudad griega. Además ya contaba con que no iba a visitar Pompeya. Con lo que pegaba el sol y el calor que hacía, era una locura visitar las ruinas. Aunque no sea tan espectacular, en Paestum se encuentran algunos de los templos mejores conservados de la civilización griega. Yo que no he estado en Grecia flipé con las ruinas, aunque por el momento nada de lo que he visto ha podido superar a Machu Picchu.

El camino a Salerno estaba lleno de Casificios. Algo así como fábricas de quesos. Allí tienen las búfalas, de cuya leche hacen la famosa mozzarella de buffala. Pero no solamente quesos, también helados y yogur. Yo pude probar el yogur y quedé impresionado con la densidad del yogur y su sabor. Tomabas un par de cucharadas y te quedas llenísimo. Yo que soy un fan del yogur me pegué una buena hartada.

Yo había oído acerca de las búfalas, pero nunca había prestado atención a este tipo de vacas que provienen del sudeste asiático. Las búfalas estan también en África y fueron introducidas en Europa por el Imperio Otomano. Hasta que no me acerqué a ellas no vi lo diferentes que son de las otras vacas “europeas”.

Fue además de un viaje playa, un viaje culinario. Mientras vivía en España no tenía mucho conocimiento de la comida italiana y ahora que puedo comparar, veo que no tenemos tanto acceso a ellos como aquí. Y es que cuando uno llega a Alemania se da cuenta de la gran presencia que la gastronomía italiana tiene. En los supermercados corrientes se pueden conseguir bastantes “productos italianos” como quesos, embutidos, pasta, dulces, etc. Muchos serán quizás productos alemanes pero el hecho de que quieran imitar un producto italiano ya cuenta. Y siempre se podrá encontrar alguna marca italiana en los supermercados mejor surtidos. Eso si, los productos frescos no tienen nada que ver con los que se encuentran en Italia.

Con esto quería decir que hasta que no he vivido en Alemania la comida italiana era una gran desconocida para mí. No es que la haya conocido porque se vendan producots italianos, si no por las amistades italianas claro está. Pero la facilidad de conseguir algunos productos  hace que uno tienda a preparar más recetas italianas. Y este viaje me abrió las papilas gustativas y pude comprobar que los sabores son mucho más ricos e intensos que en su versión alemana. La lista de lo que comí es casi innumerable: pez espada, pasta con marisco, pasta con sepia, parmigiana, ragú al estilo de la Campania, frituras de calamares frescos, pizza napolitana auténtica, etc.

***

Otro de los puntos fuertes de este viaje fue una visita a Nápoles durante un par de días. Había oído muchas cosas de Nápoles, y había oído acerca del tráfico. Incluso se llega a decir que es peligrosa, aunque a mí no me lo pareció tanto. Sí que pasé miedo, pero fue dentro del coche. Y es que los napolitanos tienen un código de conducción diferente al resto del país, un código que sólo entienden ellos. Y si no lo conoces y quieres conducir como la norma indica, estás condenado a sufrir un accidente.

La ciudad esta en algunos aspectos un poco descuidada como en la limpieza de algunas calles. Por el otro lado la ciudad rebosa de vitalidad, energía y juventud. Tiene la verdad muchos parecidos con Buenos Aires. No hice muchas fotos, pues turismo hicimos poco. El objetivo era más ir de compras, encontrarnos con amigos, tomar cafés solos a toda prisa y de pie y disfrutar del aperitivo italiano en una terraza al calorcillo de la tarde. Me llamarán alcohólico, pero aperitivo con Negroni, mucho mejor.

Adiós a mis compañeras de viaje

Las compré allá por el invierno del 2009, en mis primeros meses en Berlín. No es que sean zapatillas para el invierno pero bien que las lleve por la nieve y salia con ellas en condiciones verdaderamente frías. Se habían convertido en un elemento indispensable de mi armario y no había semana que no las llevara.

Antes de salir para Sudamérica estaban ya un poco viejunas y algo rotas, y me las lleve a Argentina pensando que morirían allí y que en cualquier momento del viaje tendría que comprarme un par nuevo de zapatillas para sustituirlas. Pero no fue así, las muy campeonas han aguantado todo el trote de estos meses. Era o llevar las adidas o las botas de montaña, por lo que durante ocho meses y medio no he llevado practicamente otra cosa más que ellas.

Y así han quedado y es el momento de despedirse de ellas, de las einlander. Muchas gracias por vuestro servicio, podéis descansar que me compro otro par nuevo de zapatillas.

La vuelta a casa

Ya ha pasado un mes desde que he vuelto y puedo ver con un poco más de perspectiva cómo ha sido mi vuelta a casa. Llegué un fin de semana muy cansado y el trasnochar no me ayudó nada. La primera semana fui un zombie pues no dormía bien y estaba siempre cansado. Así, tras un par de días de fiesta me dediqué a vegetar en casa, disfrutar con la comida y pasar horas delante del ordenador.

Poco a poco me fui acostumbrando a estar de nuevo en Huesca y el fantasma de qué será de mí en los próximos meses apareció con un poco más de fuerza en mi cabeza. Así sin tener ninguna razón para estresarme me he estresado un poco, pero creo que esto ocurre cuando uno no tiene nada que hacer. Es como una reacción del cerebro ante la inactividad y para aliviar la sensación uno busca pequeños quehaceres, nimiedades que a vista de una persona que no tiene mucho que hacer se hacen grandes.

Pero vuelvo a Berlín con mucha energía y muchas ganas de hacer cosas. Aunque no encuentre un trabajo enseguida voy a estar ocupándome con autoformción, estudiando alemán y buscando mi lugar en pequeños proyectos. Todavía queda agosto, un mes en el que si las nubes dan tregua se puede vivir la capital alemana con mucha vitalidad, y luego llegaré a septiembre con las pilas bien cargadas.

***

Antes de partir tenía muchas expectetativas en cuanto al cambio personal que iba a suponer para mí este viaje. Decidí hacerlo en un momento en el que estaba un poco estancado, no sabía para dónde tirar y no podía verme en lo que me gustaría hacer en los próximos años.

En una primera impresión podría decir que no he sufrido grandes cambios, ni en personalidad ni en mis objetivos profesionales. Estos siguen siendo confusos y todavía no tengo claro que quiero ser de mayor. El marketing online es una salida, que aunque es cierto que no me apasiona, es interesante y siempre me va a proporcionar una experiencia y conocimientos que puedo aprovechar en cualquier proyecto que quiera emprender más adelante.

Sin embargo sí que siento que estos meses de andanzas por Sudamérica me han dado más coraje. Más coraje para tirar adelante con cualquier sueño que tenga y para probar aquellas ideas que se me pasen por la cabeza. Confianza en mi mismo para hacer cosas que antes no me sentiría capaz o que achacaba a falta de experiencia y me ha servido para ver que si uno se propone las cosas puede hacerlas. Me he reafirmado en que las experiencias tienen un valor más alto y las materiales menos, y que aunque hay objetos materiales muy bonitos, se puede vivir con poco.

Aparentemente nada ha cambiado mucho. Vuelvo ya a Berlín, a la misma casa. En la ciudad estarán los mismos amigos y me toca buscar un trabajo nuevo (¿alguien sabe de alguno?). Pero yo soy una persona algo distinta, que todavía no sabe lo que quiere hacer, pero cuando lo sepa contará con más entereza para ponerse con ello.

En mis primeras semanas quedé asombrado por las vastas pampas argentinas, hasta que uno no las ve, no se las cree.

Pingüino XXXIV