Las compré allá por el invierno del 2009, en mis primeros meses en Berlín. No es que sean zapatillas para el invierno pero bien que las lleve por la nieve y salia con ellas en condiciones verdaderamente frías. Se habían convertido en un elemento indispensable de mi armario y no había semana que no las llevara.

Antes de salir para Sudamérica estaban ya un poco viejunas y algo rotas, y me las lleve a Argentina pensando que morirían allí y que en cualquier momento del viaje tendría que comprarme un par nuevo de zapatillas para sustituirlas. Pero no fue así, las muy campeonas han aguantado todo el trote de estos meses. Era o llevar las adidas o las botas de montaña, por lo que durante ocho meses y medio no he llevado practicamente otra cosa más que ellas.

Y así han quedado y es el momento de despedirse de ellas, de las einlander. Muchas gracias por vuestro servicio, podéis descansar que me compro otro par nuevo de zapatillas.