Pingüino mochilero

Relatos de viajes

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Tag: viajar solo

La vuelta a casa

Ya ha pasado un mes desde que he vuelto y puedo ver con un poco más de perspectiva cómo ha sido mi vuelta a casa. Llegué un fin de semana muy cansado y el trasnochar no me ayudó nada. La primera semana fui un zombie pues no dormía bien y estaba siempre cansado. Así, tras un par de días de fiesta me dediqué a vegetar en casa, disfrutar con la comida y pasar horas delante del ordenador.

Poco a poco me fui acostumbrando a estar de nuevo en Huesca y el fantasma de qué será de mí en los próximos meses apareció con un poco más de fuerza en mi cabeza. Así sin tener ninguna razón para estresarme me he estresado un poco, pero creo que esto ocurre cuando uno no tiene nada que hacer. Es como una reacción del cerebro ante la inactividad y para aliviar la sensación uno busca pequeños quehaceres, nimiedades que a vista de una persona que no tiene mucho que hacer se hacen grandes.

Pero vuelvo a Berlín con mucha energía y muchas ganas de hacer cosas. Aunque no encuentre un trabajo enseguida voy a estar ocupándome con autoformción, estudiando alemán y buscando mi lugar en pequeños proyectos. Todavía queda agosto, un mes en el que si las nubes dan tregua se puede vivir la capital alemana con mucha vitalidad, y luego llegaré a septiembre con las pilas bien cargadas.

***

Antes de partir tenía muchas expectetativas en cuanto al cambio personal que iba a suponer para mí este viaje. Decidí hacerlo en un momento en el que estaba un poco estancado, no sabía para dónde tirar y no podía verme en lo que me gustaría hacer en los próximos años.

En una primera impresión podría decir que no he sufrido grandes cambios, ni en personalidad ni en mis objetivos profesionales. Estos siguen siendo confusos y todavía no tengo claro que quiero ser de mayor. El marketing online es una salida, que aunque es cierto que no me apasiona, es interesante y siempre me va a proporcionar una experiencia y conocimientos que puedo aprovechar en cualquier proyecto que quiera emprender más adelante.

Sin embargo sí que siento que estos meses de andanzas por Sudamérica me han dado más coraje. Más coraje para tirar adelante con cualquier sueño que tenga y para probar aquellas ideas que se me pasen por la cabeza. Confianza en mi mismo para hacer cosas que antes no me sentiría capaz o que achacaba a falta de experiencia y me ha servido para ver que si uno se propone las cosas puede hacerlas. Me he reafirmado en que las experiencias tienen un valor más alto y las materiales menos, y que aunque hay objetos materiales muy bonitos, se puede vivir con poco.

Aparentemente nada ha cambiado mucho. Vuelvo ya a Berlín, a la misma casa. En la ciudad estarán los mismos amigos y me toca buscar un trabajo nuevo (¿alguien sabe de alguno?). Pero yo soy una persona algo distinta, que todavía no sabe lo que quiere hacer, pero cuando lo sepa contará con más entereza para ponerse con ello.

En mis primeras semanas quedé asombrado por las vastas pampas argentinas, hasta que uno no las ve, no se las cree.

Aprendiendo a viajar

El día siguiente a haber visitado el pueblo de Niebla, en Valdivia, me desperté sin ganas de hacer nada. Esta vez no había una gran razón, pues a excepción del paseo en bicicleta del día de Nochebuena, no había hecho grandes esfuerzos físicos y no tenía ningún motivo como para estar cansado. Me había ocurrido antes, que llegaban días en los que estaba muy cansado y lo único que quería era estar en el hostal sin hacer mucho, comprar comida rica y cocinarla tranquilamente como hice en Esquel, El bolsón y en Bariloche por ejemplo. En Chiloé cuando estuve en casa de Manolo también me sirvio de bendito descanso.

Estaba empezando a notar esta vez un cansancio psicológico que no sabía muy bien a qué era debido y me sentía en general muy confuso. Todo había empezado cuando me marchaba de Chiloé, donde una gran indecisión se había apoderado de mí. A diferencia de las semanas anteriores, en las que tenía muy claro dónde quería ir y las actividades qué quería hacer, estaba ya en un momento en que todo me daba igual. En Puerto Varas recuperé un poco las ganas, pero en cuanto supe que no valía la pena ir a Lago Ranco, me volví a sentir igual.

Había perdido el interés por hacer caminatas o acampar en parques nacionales pero si me quedaba más días en el hostal sin hacer nada temía sentir que estaba desaprovechando el tiempo. Al menos, mejor que estar en el hostel de Valdivia con el estupendo sol que estaba haciendo esos días podría estar vagueando en un bonito camping al lado de un lago donde pudiera bañarme y tomar el sol. Pero si pensaba a qué lago querría ir la indecisión se apoderaba de mí y las ganas de pensar se desvanecían.

 

Reflexionando sobre cómo me sentía me di cuenta de que había perdido un poco el norte. Este viaje es para mi disfrute y estoy de ¡vacaciones! Por unos días lo había olvidado y me había centrado en todo lo que quería visitar y que no quería perderme antes de mi programado paso por Santiago de Chile, donde los padres de mi amiga Julia me recibirán. No es que hasta ahora no me haya dado cuenta que es muy importante viajar despacio, con tranquilidad y que vale más la pena visitar menos sitios pero visitarlos bien y con el tiempo necesario, pero a veces uno se olvida de estas pequeñas cosas y el deseo de querer conocer muchas cosas pudo con el sentido común. Incluso a ratos se me pasaba por la cabeza que no estaba disfrutando del viaje todo lo que lo podría disfrutar, en cuanto a que podría hacer mías cosas emocionantes o que estaba dejando escapar oportunidades. También ha influido claro está, que llevo ya como dos meses de parque nacional en parque nacional, acampando en campings y en medio de la montaña y en ocasiones caminando más de un día seguido algo a lo que yo no estaba acostumbrado. Y aunque uno disfrute mucho de ello, si se hace en demasía llega a desbordar a uno.

Así que me dije, a la mierda con todo. Estoy de vacaciones, hace un calor y un sol que no lo hay en Alemania. Hay un montón de fruta fresca y buena, a buen precio que tampoco la hay en Alemania. Voy a ir a un sitio a relajarme donde pueda tomar el sol, leer y comer. Y si no veo tal pueblo o tal lago, o ese parque, pues no pasa nada.

 

Con todo este lío en mi cabeza había pasado mi día de descanso en Valdivia y amanecía una nueva mañana en en la ciudad. Yo todavía no tenía claro qué hacer. Me inclinaba por que quería pasar unos días en algún pueblecito a orillas de un lago como Panguipulli, Lican Ray o Villarrica, antes de irme a Pucón, desde donde se pueden visitar un parque nacional espectacular. Sin embargo el destino quiso que hablara con un chico holandés que venía de Liquiñe, un pueblecito cercano a la frontera con Argentina, muy tranquilo, barato y con aguas termales. Así que me dejé llevar y me fui a Liquiñe. ¿Qué me esperaba allá? Algo que me daría la paz interior que en ese momento necesitaba y que me renovaría las energías para continuar con el viaje.

San Telmo

Lucas y Pippo, los chicos que me han acogido viven en el barrio de San Telmo, el barrio del tango y de Mafalda. Quino vivió aquí y ambientó su tira cómica en los alrededores de su casa. También es el barrio de los anticuarios y tiene una atmósfera especial que me recuerda a Friedrichshain, aunque realmente no tienen nada que ver como veréis en las fotos que vienen luego.

Durante estos primeros días me he dedicado a beber cerveza con mis anfitriones, he comido en restaurantes donde la comida estaba de muerte, he conocido a sus amigos y también he paseado mucho tiempo solo. Poco a poco voy venciendo la vergüenza que me daba hacer ciertas cosas por mi mismo, como comer en un restaurante, tomar algo en un café o bar, ir a un concierto… Algunas me dan más vergüenza que otras aunque no sea la primera vez que las haga en solitario. Pero todavía debo enfrentarme a pequeños momentos en los que siento reparo y después de dar algunas vueltas y paseo inútil pienso, ¡venga a ello!

Para estas ocasiones llevo en mi mochila libros y la libreta Moleskine que me regalaron y en la que hago anotaciones, pero luego me siento bien estando sentado en la mesa mirando a la nada ensimismado en mis propios pensamientos u observando a la gente en la calle. Es extraño porque sólo siento el apuro cuando estoy por entrar, luego una vez sentado y con la consumición delante de mí estoy tan a gusto como un arbusto. Segurísimo que en unos días ya me habré acostumbrado.

Por lo tanto puedo decir que estoy muy bien, estoy disfrutando la ciudad y de la posibilidad de estar en un lugar nuevo tan novedoso y diferente para mí. Lucas y su compañero Pippo se están portando de maravilla además de que me dejan que me quede algunos días más en su casa. Y ahora llega el fin de semana, por lo que veamos cómo es el ambiente nocturno porteño.

..y aquí van algunas fotos de San Telmo, el hasta por el momento mi barrio favorito.